Lunes, 22 de julio de 2019

el mundo en el que vivimos

Inmigración, Estado asistencial y el ogro Trump

La administración Trump anunció hace unos días "en un documento titulado ?Inadmissibility on Public Charge Grounds?" un importante cambio de rumbo en la política inmigratoria de EE.UU. El hecho de recibir asistencia social estatal "por ejemplo, "food stamps" (vales para comida), "housing vouchers" (ayudas para el pago de alquileres), etc.- será computado muy negativamente a la hora de conceder o no la "green card", es decir, el permiso de residencia en el país.

Se está desencadenando ya el previsible griterío emocional-humanitario: "Esto es un ataque en toda regla contra las familias inmigrantes y un intento de convertir nuestro sistema de inmigración en un sistema de pago [es decir, sólo quien pague impuestos tendría derecho a ver considerada su solicitud de residencia permanente] sólo accesible a los ricos", ha declarado Jackie Vimo, analista del National Immigration Law Center.

Sin embargo, la medida de Trump apunta exactamente en la dirección adecuada para la racionalización del fenómeno migratorio. Es imposible tener a un mismo tiempo fronteras abiertas y Estado del Bienestar: mejor dicho, es posible, pero también una receta para la ruina. Un sistema generoso de prestaciones sociales atraerá inevitablemente a una masa inmensa de inmigrantes de países más pobres. Los defensores de la inmigración dicen a menudo que "los migrantes nos pagarán las pensiones"; sin embargo, las estadísticas muestran que reciben del sistema más de lo que aportan (pues, o bien trabajan en negro, o bien perciben salarios bajos y pagan pocos impuestos y cotizaciones sociales, recibiendo en cambio muchas prestaciones públicas).

Otro barato tópico pro-inmigración es el de que "Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes". Es históricamente inexacto porque, como argumentara Huntington, los fundadores de Estados Unidos no fueron inmigrantes sino "settlers", pioneros que llegaban a una tierra virgen (o considerada tal por ellos, pues los indios no contaban en sus planes) y construían una nueva sociedad desde cero. El inmigrante, en cambio, se incorpora a una sociedad preexistente, se sube a un país ya en marcha. El término "immigrant" no empezó a usarse en EE.UU. hasta finales del siglo XVIII, cuando los rasgos definitorios de la sociedad norteamericana ya estaban fijados. Quienes llegaron en el XVII y el XVIII no eran inmigrantes, sino colonos.

Pero, además, el tópico pasa por alto una diferencia decisiva entre el tipo de inmigración que recibió EE.UU. hasta 1965 y el que ha acogido desde entonces. Y el documento trumpiano sabe formular esa diferencia: "la autosuficiencia fue un principio básico de la inmigración a EE.UU. desde las primeras leyes de inmigración de este país". En efecto, en el siglo XIX y primera mitad del XX, América era la "tierra de las oportunidades": el lugar en el que la gente emprendedora e inteligente, cualquiera que fuese su origen, podía tener esperanza de triunfar. Aquellos inmigrantes no acudían atraídos por los subsidios sociales y servicios públicos sanitarios o educativos, sino por un mercado libre sin barreras estamentales en el que los más capaces podían esperar prosperar, si trabajaban duro. Por eso, antes de 1965, el inmigrante medio tenía más nivel de estudios y menos probabilidad de recibir "welfare" (asistencia social) que el norteamericano medio. Se trataba, además, de una inmigración mayoritariamente europea.

Desde 1965, paralelamente al desarrollo de un Estado del Bienestar cada vez más generoso, se han producido dos cambios: la inmigración dejó de ser europea para pasar a ser hispanoamericana, asiática y africana, y los inmigrantes llegaron a consumir prestaciones sociales en proporción muy superior al norteamericano medio. Concretamente, el estudio ?Welfare Use by Immigrant and Native Households?, del Center for Immigration Studies, muestra que el porcentaje de hogares que reciben asistencia social es actualmente del 30% entre los norteamericanos nativos y del 51% entre los inmigrantes. En algunos programas concretos, como el sanitario Medicaid, la desproporción es aún mayor (23% de usuarios entre los americanos nativos, 42% entre los inmigrantes).

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