Domingo, 18 de febrero de 2018

sectarismo

Anne-Laure Decadt, con Dios

Ninguno de los tres socorridos dichos populares que primero se me han venido a la cabeza al leer el impactante artículo de Laura Alonso Ortega, "El chico que venció al terrorismo" (LNE, sábado 11 de noviembre) me parece adecuado para referirme, con el debido respeto y justeza, a un relato de tal envergadura como el que allí se nos ofrecía. Primero, y ante todo, está el hecho mismo del asesinato de una encantadora muchacha -buena persona, joven esposa y madre- a manos de un canalla miserable -salvaje terrorista islamista -, en Nueva York, el pasado 31 de octubre. Segundo, la reacción, estremecedora de puro heroica, a la par que civilizada, evangélicamente sublime y moralmente ejemplar y retadora, del compañero roto, viudo desolado, padre desgarrado y ejemplo de resignación que sitúa el listón ético muy alto, prácticamente inaccesible para la mayor parte de los mortales de mala leche y sangre caliente, no llamados a la santidad en cualquiera de las religiones que merezcan el nombre y la dignidad de tales. En tercer lugar está la narración misma a la que me refiero, cariñosa, próxima, dolida, digna, respetuosa y aleccionadora " aunque lamentable e innecesariamente escorada - de una amiga, firmante cuyo conocimiento del terrorismo, y del dominante sesgo ideológico de las formas de terrorismo más próximas y recientes, pudiera presumirse de su no menos reciente y galardonado trabajo sobre el terrorismo de ETA.

Y por ahí quiero ir.

Si al referirse pedagógicamente al contrapunto existente entre bondad y caridad -por un lado - y maldad y odio - por otro-, entre el saber y poder perdonar de corazón al enemigo que nos ha desgraciado la vida y el recurso rabioso y vindicativo al Talión (o, al menos, a una justicia paliativa); si, tras un crescendo prometedor de una veintena larga de líneas "y al referirse al futuro de esos pequeños sin madre - ustedes y yo-  leemos:  "Y como donde hay sangre hay predadores, a menos de un paso (de estos hoy niños) husmeará la ultraderecha, buscando a dos jóvenes ávidos de venganza transgeneracional, rencorosos hasta tener el razonamiento nublado por la historia familiar"?¿qué se les viene a la cabeza con tan insinuante, facilón y equívoco simplismo? ¿Qué pensarían?: ¿Por qué la ultraderecha o sólo la ultraderecha? ¿Existirá un opresivo entorno fascista para esta atribulada familia, circunstancia que el lector desconoce? ¿Estamos siendo llamados a pensar en el contrapunto civilizado y benéfico de una ultraizquierda angelical y pacífica, incapaz no sólo de matar una mosca, sino de ser beligerante contra los que matan moscas y gente? ¿O esa frase sugiere subliminalmente la ominosa posibilidad de que la ultraizquierda sea particularmente condescendiente sólo con ciertas formas de violencia, como las que surgen del brazo terrorista de la famélica legión del de los infelices multisecularmente oprimidos por las oprobiosas Cruzadas?

Todo lo que Laura Alonso escribe, tras la cuña ideológica, para justificar elíptica e indirectamente la responsabilidad del criminal a causa del desfavorecimiento social, para ensalzar el amor al prójimo y el respeto a todas las ideologías y religiones desde un victimismo acrítico y siempre culpable de algo, todo lo que más sensatamente sigue diciendo sobre la corrosiva y envenenadora afición a criminalizar al enemigo con transposición simplista de cunetas y trincheras guerracivilistas " como cabe inferir, vicio recurrente sólo atribuible a la ultraderecha -, todo ese mensaje de evangelio apócrifo y levitante, de pretendida racionalidad neutral, queda, a mi juicio, penosa y gratuitamente lastrado y desactivado por un inmeditado, asumido o intencionado sesgo, que coloca al mal, al odio y a la revancha en un único lado del espectro " una ultraderecha que no se sabe muy bien dónde comienza - y sitúa la sensatez en el otro, en una inquietante y descompensada distancia con ciertas formas de terror. Y si no lo creen así, que puede ser sólo mi interpretación, hagan la prueba de trasponer tanto decir bienintencionado y bienescrito a otras formas pretéritas, por todos bien conocidas, de violencia y terror de otro signo político religioso al que actualmente sufrimos, y verán como chirrían sus neuronas, adiestradas ya por años de encarrilamiento levógiro en lo políticamente correcto.

Los tres refranes a los que me refería al principio hablan de cal y de arena, de manzanas podres y de borrones de escribano. Uno es equívoco, otro se pasa y otro se queda corto. En una palabra, son injustos. Y no es cosa de añadir error al error. Mientras encuentro algún pensamiento más ajustado a derecho y circunstancia, que nos hubiera ahorrado buena parte de este escrito, quede pues mi sensación de lástima y frustración por lo que podría haber sido un trabajo redondo; de esos para pensar y digerir entre cada uno de nosotros y nuestra conciencia. Enderécenlo ustedes mentalmente, o con tippex, y así Anne-Laure Decadt, que el Buen Dios (llámese como se llame) tenga en su brazos, tendrá el homenaje merecido, el que, sin duda, Laura Alonso quiso hacerle y al que todos nos sumamos dolidos después de conocer un poco mejor su, antes, ignorada, breve, luminosa y dramática historia.




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