Jueves, 29 de febrero de 2024

La sociedad más rica de la Historia es también la que menos niños ha engendrado jamás

Una sociedad enemiga de los niños

Hace unos años estuvo muy de moda -sobre todo en ambientes cristiano-progres- hablar de "denuncia profética". Pero los autoproclamados profetas denunciaban males -en gran parte imaginarios- que coincidían exactamente con los condenados por la ideología dominante. No, perdonen, denunciar "la destrucción del planeta", "la codicia capitalista" o "la brecha de género" no es ejercer de profeta sino nadar a favor de corriente. Profeta es quien sabe que no cosechará el aplauso y la subvención de los poderosos, sino su cólera y su represalia.

Gabriele Kuby ha escrito el libro más profético de los últimos años. Profético porque denuncia un mal muy real, pero asumido como inevitable, o incluso como un bien, por la mayor parte de la sociedad actual. Se trata del dogma de la libertad sexual como derecho incuestionable.

La obra de Kuby se llama La generación abandonada, y su tesis es que hemos sacrificado la felicidad de varias generaciones de niños a la libertad amorosa ilimitada de los adultos. Los niños son los grandes perdedores de la revolución sexual de los 60 y 70, convertida desde entonces en cimiento moral de nuestra sociedad.

Nos creemos el cénit del progreso, pero hemos desarrollado una cultura profundamente hostil a la infancia. Sí, se ha universalizado la educación y se ha prohibido el trabajo infantil (o, mejor dicho, por primera vez hemos alcanzado un nivel de prosperidad que permite ambas cosas). Pero se agrede a los niños en formas nuevas, históricamente inéditas.

Somos, arguye Kuby, la sociedad de la anticoncepción masiva: por tanto, una cultura que impide que los niños lleguen a existir. La sociedad más rica de la Historia es también la que menos niños ha engendrado jamás. La filósofa G.E.M. Anscombe, discípula de Wittgenstein, el miembro de la Escuela de Francfort Max Horkheimer y Pablo VI en "Humanae vitae" fueron algunas de las poquísimas voces que advirtieron en los 60 que la invención de la píldora, al disociar el coito de su finalidad natural, tendría profundas consecuencias en la moral sexual y la estabilidad familiar: se generalizaría el "sexo sin compromiso", caería en desuso el matrimonio, se hundiría la natalidad.

Es exactamente lo que ha ocurrido. La contracepción es hoy un derecho tan sagrado, que se lo garantiza incluso a las menores de edad a espaldas de sus padres y sin consideración a su salud. Hay adolescentes que utilizan sistemáticamente la "píldora del día después", que en realidad no es contraceptiva sino abortiva, y además un bombazo hormonal que puede conllevar riesgos de trombosis venosa y embolia pulmonar. Pero, como indica Kuby, "la preocupación del Gobierno por la salud de sus ciudadanos -especialmente de los jóvenes- salta por la ventana cuando se trata de sexo".

Los defensores de la anticoncepción dijeron en los 60 que la píldora abriría una edad de oro del matrimonio: al poder regular químicamente la fecundidad, la armonía conyugal no se vería erosionada por las tensiones de una prole demasiado numerosa. Ha ocurrido lo contrario: la nupcialidad se ha desplomado sin pausa en el último medio siglo. Se dijo también que la contracepción acabaría con el aborto; de nuevo, sucedió al revés: a la generalización de la anticoncepción le siguió la legalización y masificación del aborto. Sí, somos la sociedad miserable que mata en el vientre materno a uno de cada cinco fetos. No, el feto no es "un grumo de células" (lo saben muy bien los padres que se emocionan al ver la primera ecografía): es un ser humano en desarrollo, con un corazón que late desde la cuarta semana.

Al derecho al "sexo sin hijos" le siguió lógicamente -cuando la tecnología lo hizo posible- el derecho a los "hijos sin sexo": la disociación entre sexualidad y paternidad quedaba así completada. La reproducción asistida comenzó ayudando a parejas estables hombre-mujer que tenían problemas de fertilidad (debe tenerse presente que, también en esos casos, se generan muchos embriones que después son destruidos); pero, por supuesto, pronto se pasó a la inseminación artificial de mujeres sin pareja masculina, a la congelación de óvulos, a la "gestación subrogada" que permite ser padre a un hombre sin pareja femenina… La reproducción se individualiza, declarándose arcaico el triángulo padre-madre-hijo previsto por la naturaleza. Las víctimas de ese mundo feliz son, una vez más, los niños, a los que se priva de su derecho a ser criados por su padre y su madre.

Escribe Kuby: "Hay una batalla por la legalización de todos estos escenarios [gestación subrogada, inseminación artificial, diagnóstico preimplantatorio…] en todo el mundo. El gran interés en ello lo tiene el negocio multimillonario de la medicina reproductiva". Pero el motor de este proceso no es, a mi entender, primordialmente económico sino ideológico: la posibilidad de disociar la reproducción del amor, así como la de elegir las características del hijo (se comienza por el descarte de los afectados por síndrome de Down u otras taras, pero se seguirá con la selección del sexo, del color de ojos, etc.) encaja en el relato de la modernidad como ampliación constante de la libertad gracias al progreso tecnológico. Quienes nos oponemos a tales aberraciones somos descalificados como reaccionarios que intentan detener el tren de la Historia. Un tren cuya última estación es el mundo feliz de Huxley y el transhumanismo: edición del genoma, hibridación del hombre con la máquina (cyborg) o con el animal, etc.

Muchos apoyarán la reproducción artificial simplemente porque suena moderno. Ignoran que, en países del Tercer Mundo, las madres subrogadas son tratadas como vacas de cría, a veces incluso estabuladas en "baby factories", obligadas por contrato a entregar a su hijo apenas se produzca el parto (más que de "vientres de alquiler" habría que hablar de compraventa de niños), o a abortarlo si el comprador cambia de opinión. No se han parado a pensar que un hombre que vende su esperma para inseminar a mujeres sin pareja masculina puede ser padre de decenas de hijos anónimos -que podrían emparejarse entre sí, cometiendo incesto sin saberlo- a los que quizás se cruzará en la calle, dudando si el parecido implica paternidad. Este es el "maravilloso nuevo mundo [brave new world]" del progreso imparable.

El libro de Kuby no deja ningún asunto espinoso sin tocar. Por ejemplo, se nos ha hecho creer que todos los "modelos de familia" valen lo mismo, pero los resultados educativos, emocionales y económicos del modelo "clásico" (el triángulo padre-madre-hijos) son muy superiores a los de los demás. El divorcio daña de manera profunda a los hijos, desgarrados por la ruptura de sus padres, obligados a dividir su afecto y su presencia física entre dos hogares. El "padre" o "madre" sobrevenido (nuevo compañero/a del padre o la madre) no sustituye emocional y educativamente al verdadero progenitor. Kuby cita los estudios que acreditan esto (por ejemplo, el meta-análisis de Paul Amato y Bruce Keith); en realidad, basta con preguntar a los niños que han pasado por ello. Constatarlo no es una falta de respeto a los millones de personas que -bajo el influjo de una cultura hostil a la estabilidad familiar- han terminado viviendo esas situaciones, de la misma forma que explicar los efectos perniciosos del tabaco o el alcohol no debería ser recibido como una ofensa por los millones de fumadores y bebedores.

"Padre y madre fueron el fundamento de la existencia del niño: le dieron seguridad, certidumbre, un hogar, una identidad y un sentido de pertenencia. Si los padres se separan, el niño pierde todo eso. Pierde el suelo debajo de sus pies. […] ¿Por qué nuestra sociedad considera sólo la "felicidad" de los padres y no el sufrimiento de los niños?" (p. 299).

El libro de Kuby analiza muchas otras formas en que la sociedad actual maltrata a los niños. Por ejemplo, se destruye su inocencia con unas clases de educación sexual que, lejos de informar asépticamente sobre el aparato reproductivo y la fisiología de la fecundación, incitan en realidad a la actividad sexual prematura y promiscua. Se promueve entre ellos -so capa de "diversidad" y "respeto hacia todos"- la homosexualidad, presentando el amor hombre-mujer en que se basa la supervivencia de la humanidad como simplemente una más entre muchas opciones posibles. Se les sume en la confusión sobre su género, explicándoles que "existen niños atrapados en cuerpos de niña, y viceversa": en el Reino Unido se ha multiplicado la "transexualidad infantil" por 44 en diez años. Se les deja indefensos frente a la pornografía fácilmente accesible on line: millones de adolescentes son adictos a ella, impregnándose de una visión animalizada de la sexualidad que después intentan replicar en la vida real (y casi nadie se atreve a reclamar la prohibición de la pornografía, protegida por nuestro dogma suicida de la libertad sexual ilimitada).

El libro de Kuby no contiene sólo lamentaciones; también nos ofrece análisis bellísimos sobre cómo la paternidad transforma y llena de sentido la vida de las personas, que sacrifican su libertad en aras de un fin mucho más valioso que la libertad misma. Sólo recuperando la noción de la libertad como medio -que no fin en sí mismo- para la realización de fines valiosos (y ninguno más valioso que la paternidad) podremos reconstruir una sociedad child-friendly: «Hasta el momento del parto, la madre era una persona autónoma, sus deseos eran la brújula de su vida. Ahora, de golpe, lo es el llanto de un bebé. El ego ha sido destronado sin previo aviso. De repente, ella debe servir en vez de gobernar. Y lo más asombroso: quiere hacerlo. […] La vida nunca será lo mismo que antes. Su cuidado por el niño nunca terminará".




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