Jueves, 05 de diciembre de 2019

ASTURIAS, TIERRA DE EMIGRACIÓN

Según el mismo Aurelio de Llano, en 1872 embarcaron, en esta ocasión rumbo a las Antillas, los últimos emigrantes asturianos que lo hacían en este bergantín.


   La emigración hizo que algunos poetas ocuparan de los emigrantes dedicándoles poemas que le hablaban de la novia que habían dejado en España. El poeta asturiano Alfonso Camín que curiosamente trabajó de periodista en Cuba y México, nos dejó escrita una larga composición titulada La noche del emigrante y que de ella es esta primera estrofa:


                                               No es la moza que ayer era,

                                               tan juguetona y vocinglera

                                               como el reitán de la quintana.

                                               Y es que su mozo, ya distante,

                                               con el zurrón del emigrante,

                                               fue camino de La Habana.

                                               No hubo calandria de los prados,

                                               ni hubo gorrión en los sembrados,

                                               ni hubo regato entre espadaña,

                                               ni hubo cerrica en la vereda,

                                               ni jelguerín en la arboleda,

ni manantiales en la braña,

                                               más alegreros que Rufina,

                                               siempre parlera y cristalina...

                                  

   También Gaspar Melchor de Jovellanos en una de las cartas que escribe al escritor y pintor español Antonio Ponz, le hablaba de los asturianos que emigraban a América o a cualquier otro lugar de España: «Usted oirá decir muchas veces que Asturias y las provincias más confinantes son unos países miserables o infelices que tienen que arrojar de sí a sus hijos porque no pueden alimentarlos...».


   Leopoldo Alas «Clarín», escritor universal, se ocupó asimismo de los emigrantes asturianos en el prólogo que escribe para el libro Tipos y bocetos de la emigración asturiana, tomados del natural que escribe en 1880 Eduardo González Velasco, a la vez que en el mismo prólogo ya vaticina el proceso de industrialización de Asturias: «Estamos muy enfermos; uno de los peores síntomas es la emigración, efecto de muchos y vicios jurídicos y económicos, causa de innumerables males. Pero Dios puso la tisana junto al veneno. Ha dicho Rousseau que la filosofía más difícil es la filosofía de lo que tenemos más cerca y vemos todos los días. Por eso los asturianos no hemos comprendido hasta ahora la crematística que nos está enseñando el suelo de Asturias. El suelo y el subsuelo. El sabio, el pensador, oye voces subterráneas de las minas que gritan ¡riqueza!, ¡riqueza ...!».


   Por su parte, el dramaturgo Alejandro Casona al firmar en 1939 en el Libro de Oro del Centro Asturiano de Buenos Aires, fundado en 1913 cuya fachada está inspirada en la de la Universidad de Salamanca,  escribió lo siguiente: «Asturias está expendida por el mundo entero; y el viajero nacido allá, siente el orgullo noble y la emoción inmensa de pertenecer a una tierrina que siendo tan pequeña es en los mapas del espíritu tan ancha y tan profunda».


   Cabe destacar también los Centros Asturianos que ya existían en el siglo XIX, como el de la Habana, fundado por aquellos asturianos que, como recuerda Aurelio de Llano, partieron un día desde Ribadesella rumbo a Cuba. Fue fundado este Centro exactamente el 16 de mayo de 1886 siendo su primer presidente Diego González del Valle. Otros Centros Asturianos importantes son el de Méjico fundado en 1918 y el de Uruguay fundado en 1910. En Venezuela, Chile, Brasil, Puerto Rico y otros lugares de Hispanoamérica. También de Europa existe una importante colonia asturiana que se reúnen alrededor de estos Centros o Casas de Asturias.


   Pero volviendo a aquellos primeros años en que muchos asturianos se decidieron a cruzar, en pésimas condiciones, como vamos a ver, el Atlántico en busca de una mejor vida, merece la pena recoger algunos apuntes que nos dice la Gran Enciclopedia Asturiana:


   «También en la zona occidental, en la segunda mitad del siglo XIX, existía un servicio ordinario de embarque desde Ribadeo a la Argentina «en barcos de vela de tres palos» que se construían en los famosos astilleros de La Linera, entre Castropol y Figueras, y en toda la ría del Eo fueron célebres el bergantin-goleta Villa de Luarca y el Flora Paquita, que después de tres meses de navegación hubo de regresar a su punto de partida con su pasaje de emigrantes sin haber podido llegar a Buenos Aires, e incluso, merced a la pujanza alcanzada por el fenómeno migratorio, apareció una especie de documento-tipo por el cual quedaba garantizado el pago del pasaje de emigrante cuando éste carecía de recursos para hacerlo efectivo de inmediato, señalándose el plazo máximo de un año a contar desde el día siguiente al desembarco en el país de destino».


   En Asturias los emigrantes eran principalmente gente muy joven que muchas veces se sentían atraídos por las noticias que les llegaban del otro lado del Atlántico de parientes y vecinos, que habían emigrado antes, y se decidían a correr la aventura dejando aquí a sus padres, hermanos y a sus novias también, como nos recordaba el poeta. Si tenían suerte, volverían a verles en unos años, de lo contrario muy fácilmente no volverían a verles nunca más. La emigración asturiana era individualista lo que suponía un principio de dificultad grande. Abrirse camino no era fácil y no todos alcanzaron la gloria que iban buscando y que no era otra cosa que el dinero. Muchos emigrantes se se asentaron definitivamente en el país de destino. Allí se casaron y nacieron sus hijos sin que por ello perdieran para siempre su vinculación con su tierra de nacimiento, con sus costumbres y con su familia. Es cierto, como decía, que no todos alcanzaron el sueño de poder regresar algún día triunfantes a su Asturias querida, fueron los menos afortunados, los que todavía hoy necesitan de ayuda económica, normalmente facilitada por las Instituciones, para poder volver a pisar tierra asturiana después de largos años. Es el lado amargo de esta aventura que hizo feliz a muchos, pero también desgraciados a otros.


   El Ayuntamiento de Gijón dedicó un monumento a la madre del emigrante, la sufrida madre que tantas lágrimas derramó viendo partir a su hijo con la duda de si algún día volvería a verle. También al Ayuntamiento asturiano de Allande erigió un monumento al Emigrante Allandés que fuese alegoría de las virtudes de los hombres que se van lejos de su patria, precisamente para hacer Patria y fortuna. 

                                                                                                   JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA


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