Viernes, 23 de febrero de 2024

La negación del derecho

Discriminación ¿positiva?

   Resulta sorprendente (e indignante) la tergiversación de las palabras y de los términos.  La aparición de nuevas expresiones que son asumidas pese a la contradicción que ellas mismas contienen. Una de las más frecuentes y que más me enerva, es la de la discriminación positiva, expresión que ha sido aceptada universalmente, no sólo en cuento a su uso generalizado, sino –lo que es más preocupante- en cuanto a la perversión ética e intelectual que el concepto supone.

  Discriminar, según la Real Academia de la Lengua Española, es: ¨Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.¨ Por tanto, no se puede discriminar positivamente. Discriminar es un concepto negativo, que no se puede mezclar con uno positivo. El adjetivo no puede alterar la esencia del sustantivo. Toda discriminación supone dar un trato de inferioridad, penalizar, castigar a un colectivo de personas. Hablar de discriminación positiva, es como hablar de injusticia positiva o de tortura positiva o de esclavitud positiva. Es una contradictio in terminis.  

 Experto en la materia es Thomas Sowell, quien ha escrito un iluminador libro titulado “La discriminación positiva en el mundo” y cuya lectura –amena y sorprendente- recomiendo vivamente. El Sr. Sowell analiza de manera empírica y científica los resultados de las políticas de discriminación positiva en el mundo, dando un repaso a las consecuencias que, medidas de este tipo, han ocasionado en EEUU, Ceilán, India, Singapur, etc.  

 De manera muy resumida, Thomas Sowell concluye que estas políticas han generado –en el mejor de los casos- beneficios mínimos a quienes más lo necesitaban, pues quienes más se han beneficiado de las mismas, han sido las personas más favorecidas de los colectivos afectados, las que no necesitaban de las políticas discriminatorias para progresar, ocasionando resentimientos y hostilidad máximos en el resto de la sociedad. El autor llega a afirmar que no se pueden defender las políticas discriminatorias “salvo que se esté dispuesto a decir que cualquier reparación social, por pequeña que sea, justifica cualquier coste y peligro, por grandes que sean”.

Seguramente alguno de ustedes les extrañará que en los tiempos que corren –imperando la dictadura de lo políticamente correcto impuesta por la progresía mundial y aceptada de buen grado por la derecha desnortada- alguien haya podido escribir y conseguir publicar un libro que desmonta uno de los dogmas de la actual sociedad postmoderna. ¿Cómo es que Thomas Sowell no ha sido acribillado y tildado de racista –o cualquier otra estupidez? bien, pues es bien fácil, el Sr. Sowell es estadounidense de raza negra, lo cual deja desarmada a la progresía y le vacuna frente a los ataques de los demagogos.

  El libro de Thomas Sowell se centra en discriminaciones realizadas por motivos raciales, religiosos, étnicos y lingüísticos, pasando muy por alto por el supuesto de mayor discriminación en el mundo occidental: la discriminación contra el varón. Son multitud las leyes que –ocultas bajo ampulosos enunciados- penalizan y discriminan a los seres humanos de sexo masculino. Leyes que obstaculizan el acceso de los varones al mercado laboral, que limitan el acceso a los Consejos de Administración de las empresas, a la obtención de subsidios sociales, a la adjudicación de viviendas públicas e, incluso, que les impone condenas más severas por la comisión de los mismos delitos o que tipifica como delito determinadas conductas sólo si éstas son cometidas por aquéllos.

  El colmo de todo esto es que estas aberraciones antijurídicas son refrendadas por el Tribunal Constitucional, el cual va cavando, sentencia a sentencia, su descrédito y su propia tumba.  

Thomas Sowell analiza de manera muy superficial la discriminación contra el varón, pero yo me atrevería a aventurar que, de realizar un estudio específico sobre la materia, llegaría a las mismas conclusiones que las descritas en el citado libro. Toda esa legislación de sobreprotección de la mujer (y correlativa discriminación del varón) favorecerá a aquellas mujeres que precisamente no lo necesitan (aquellas mejor preparadas), sin que a penas beneficie a las que más lo necesitan, produciendo un efecto desmotivador en la mujer, al considerar que no tiene que esforzarse tanto por tenerlo más fácil y, correlativamente, desmotivará al varón, sabedor que ante igualdad curricular, la mujer será escogida por las bonificaciones a la Seguridad Social o por los cupos igualitarios. También ocasiona minusvaloración de aquellas mujeres que, sin hacer uso de los privilegios de las políticas discriminatorias, alcanzan sus logros profesionales, ante la sospecha de que los obtuvieron gracias a aquéllos. Simultáneamente, en otras ocasiones, el blindaje femenino producirá el efecto contrario, penalizando la contratación de mujeres por las empresas, temerosas de las rigideces y prebendas femeninas (reducciones de jornada impuestas, lactancias, imposibilidad de despido de una gestante o madre con hijo menor de 10 años, etc.). Pero tanto en un caso, como en el otro, lo que las medidas discriminatorias producen son “resentimientos y hostilidad máximos” en el varón.  

Y es que, jugar a ser los justicieros de la historia sólo nos lleva a cometer más injusticias o, como dice el propio Thomas Sowell, los adalides de la discriminación parten de “la suposición de que hoy podemos compensar a individuos por la discriminación que los grupos sufrieron en el pasado, de que podemos reparar en los vivos los daños causados a los muertos hace mucho tiempo. (…) los males de generaciones pasadas y siglos pasados seguirán siendo males irrevocables a pesar de lo que hagamos en la actualidad. Los actos de expiación simbólica entre los vivos sólo sirven para crear males nuevos”. ¿No les parece?  


Comentarios

Por Sara 2011-01-17 12:32:00

Comentarios Interesantasímo artículo, me considero lo suficientemente cualificada para no necesitar de cupo alguno que avale mi curriculum ni mi experiencia profesional, y por tanto considero que la existencia de los mismos a la larga nos perjudica a todas.


Por Nuria Martínez-Viademont 2011-01-16 13:36:00

Totalmente de acuerdo. Muchas de estas "nuevas expresiones", se gestan en sentencias de nuestros Altos Tribunales (Constitucional y Supremo van de la mano) y desde luego, dejan en evidencia el pobre conocimiento que tienen nuestros Altos Juristas de nuestra lengua, si bien, también puede deberse a la fatiga crónica, pues gran cansancio supone levantar las posaderas del sillón y coger un diccionario que por ser enormemente rico nuestro vocabulario, pesa una barbaridad. Sin embargo, esta sólo es la punta del iceberg. La falta de preparación sólo es el caldo de cultivo, el vehículo de propagación de estas terminologías de nuevo cuño, que están hechas con cuenta y razón. Son publicidad subliminal, son términos que la mayoría de los ciudadanos asumen con el significado pretendido por los "cerebros de la operación". Son la expresión de lo políticamente correcto, de una sociedad cuyos miembros no quieren destacar por pensar de manera diferente a los demás porque está mal visto. Hasta ahi llega el lavado de cerebro. No quieren que pensemos, quieren que obedezcamos sin rechistar y que seamos nosotros mismos quienes nos coloquemos y soportemos el yugo. Javier, tiene Vd. toda la razón. La discriminación del varón es una realidad sangrante y que a mi, como mujer, me averguenza. No sólo se les deniegan las ayudas, también las pernoctas porque son seres incapaces de dar un biberón o cambiar un pañal, las custodias trabajando ambos progenitores porque sólo las madres son capaces de conciliar la vida familiar con la profesional, las llamadas telefónicas porque molestan y desequilibran a los niños. Se les niega el derecho al pataleo cuando su ex mete en el piso, cuya hipoteca están pagando, al nuevo novio. Se les niega el derecho a la presunción de inocencia porque las denunciantes de malos tratos gozan de una credibilidad contra cualquier prueba que presenten, se les niega la vivienda de la que son expulsados aún demostrando posteriormente (cuando se les permite) su inocencia. Cuando son ellos los maltratados (que los hay y muchos) se les niega el mismo trato igualitario tanto al interponer la denuncia como a la hora de enjuiciar esos hechos y aplicar una pena igual; se les niega una sentencia condenatoria cuando han probado que la denuncia o denuncias, son falsas. Cuando topan con una maltratadora, no tienen casas de acogida donde refugiarse, en fin, no quiero cansar a los lectores. Pienso como María, quiero igualdad de trato, con todas las consecuencias positivas y negativas que tengo que asumir con ello. No quiero revanchismo sino justicia y quiero libertad...


Por María Alú 2011-01-15 14:12:00

La discriminación positiva es un eufemismo para designar un privilegio y cuando hay un privilegiado siempre existe un desfavorecido. Tienes razón los delitos son patrimonio de los individuos y no podemos expiar los de nuestros abuelos. Como mujer quiero igualdad de trato pero rechazo los privilegios rotundamente porque me colocan en la misma posición que antes tenian los hombres y que, gracias a Dios, hemos superado


Por Balbina Prieto 2011-01-14 18:14:00

Comentarios Interesante artículo... Dejemos que las cosas lleven su curso sin necesidad de discriminar a nadie, ni a hombres ni a mujeres. Que cada cual, en igualdad de condiciones y dentro de una sociedad justa, alcance sus logros por sus propios méritos o actitudes.


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