Domingo, 06 de abril de 2025

Algunas preguntas y respuestas entorno al Catecismo

El amor de Dios (1)

                                “A esta pregunta, el Credo contesta así: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. (nº 456). Y también: “El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (nº457). La salvación, por lo tanto, es el motivo principal y primero de la encarnación. ésta no tiene lugar buscando ningún interés egoísta por parte de quien la lleva a cabo, como si Dios fuera un hacendado al que los arrendatarios de sus tierras no le pagan y hubiera decidido poner fin a esa situación anómala yendo él mismo a cobrar. Incluso cuando el mismo Jesús expone una parábola que podría entenderse en ese sentido, lo hace no para indicar que esa sea la causa de su venida a la tierra en carne mortal, sino para expresar que Dios tiene derechos sobre los hombres y que éstos tienen deberes para con Dios. Dios es amor y sólo actúa por amor. Por lo tanto, el motivo de la encarnación es el amor que Dios es y que Dios tiene a los hombres. No hay ningún interés en la actuación divina excepto el de salvar a los hombres de las consecuencias de los errores y pecados de ellos mismos. En la encarnación, en el gesto de hacerse hombre para salvar al hombre, Dios se muestra, por tanto, como amor y como plenitud de amor. San Juan lo expresa magníficamente, tanto en su primera Carta (“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él”. 1 Jn 4,9), como en su Evangelio (“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Jn 3,16)”.                            

                             “La primera de ellas es que, efectivamente, Dios no quiere otra cosa más que nuestro bien. Dios no busca en nosotros nada que le falte, por más que todo lo que tenemos se lo debemos a Él y a Él debe ser restituido. El amor de Dios al hombre, probado de manera inimaginable con la encarnación, nos debería convencer de que lo más sensato que podemos hacer es ponernos en manos de Dios. “Dios me quiere”, deberíamos decirnos cada día, tanto en lo bueno como en lo malo, tanto en el éxito como en el fracaso, tanto si entendemos lo que nos pasa como si estamos en una noche oscura. Y después de dicho y creído, deberíamos recobrar la paz si la hemos perdido. La encarnación, pues, debería ser prueba suficiente para creer sin ninguna duda en el amor de Dios. No fue la única ni la última, como veremos más adelante al tratar el tema de la muerte y resurrección de Jesús. Pero en realidad debería habernos bastado con verle niño en Belén u hombre que comparte la suerte del resto de los hombres, para estar seguros del amor de Dios. ¿Qué habríamos dicho si, por ejemplo, el Verbo se hubiera hecho hormiga para salvar a las hormigas, tan frágiles como ellas son? Naturalmente, sólo el hombre era susceptible de ser amado por Dios hasta ese punto, pues sólo él había sido creado a su imagen y semejanza. Pero, al fin y al cabo, toda la grandeza del hombre no justifica el abajamiento y la humillación que supuso la encarnación del Hijo de Dios. Ninguna criatura, ni siquiera el hombre, tenía derecho a esperar ese sacrificio, esa generosidad. Sólo un amor de Dios que fuera más allá de los méritos del ser amado, justifica la encarnación. Y si eso es así, si ese amor existe y es tan grande, sólo se puede responder a él con un abandono pleno en la providencia divina, con una aceptación completa de la voluntad de Dios, sabiendo que lo que Dios desee para nosotros será lo mejor que podamos esperar de la vida”.

 Preguntas y respuestas seleccionadas por el P. Santiago Martín

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