Jueves, 18 de agosto de 2022

Actualidad religiosa de la semana

Fray Esquirol

¡Esquirol!, sí esquirol. Ese ha sido el cariñoso piropo con el que me ha saludado esta mañana fray Fulgencio, nuestro hermano cocinero, al cruzarnos en el tránsito conventual. Lo dijo con delectación, sin alzar mucho la voz, y con una sonrisa picarona en su rostro, al tiempo que señalaba el pañuelo blanco que lucía al cuello, siguiendo la recomendación de la presidenta del Consejo de Laicos de la archidiócesis de Madrid, una tal Dña. Lourdes.  

No llegará la sangre al río. Fray Fulgencio, el único fraile de la comunidad que se ha sumado a la huelga, dice seguir las indicaciones de las delegaciones diocesanas de “pastoral obrera” de Sevilla, Coria-Cáceres, y de la citada Dña. Lourdes y sus secuaces. Y añade siempre alguna frase hecha del tipo “es necesario vivir una fe encarnada”, y “soy un hombre de mi tiempo”. El caso es que su insistencia huelguista, que fue aireada por el torno conventual a todo el vecindario más próximo, ha obligado a nuestro abad mitrado a redactar un comunicado oficial, que nos ha sido leído en el refectorio a la hora de la colación monacal: “No es cierto que desde nuestro convento, ni desde mi propia persona, se haya hecho llamamiento alguno al seguimiento de la huelga general.  Apoyar o no apoyar una convocatoria de huelga y la participación o no en la misma, queda a la libertad de cada fraile, y a los dictados de su conciencia rectamente fundada”. Y punto.  

Y fieles a ese dictado un servidor, como los restantes frailes de la comunidad, hemos decidido no secundar la huelga, y aquí me tienen dándole a la tecla, y recibiendo las puyas de nuestro cocinero. No hemos hecho más que seguir el ejemplo de nuestros obispos, que hoy trabajan como un día más reunidos en la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal.

Soberbio ha estado, y poniendo el dedo en la llaga de la cuestión, el obispo castrense, D. Juan del Río: “Yo como obispo estoy con los más pobres y necesitados que no tienen trabajo”.

  A otros obispos, como los de Coria-Caceres, Sevilla, o Madrid, les ha tocado torear esta semana, para “desfacer” los entuertos de las delegaciones de “pastoral obrera”, o consejos de laicos de sus diócesis, que llamaban abiertamente a la huelga. Les ha pasado como a nuestro abad con el fraile cocinero. Se repite así lo sucedido hace años en otra diócesis española, de cuyo nombre no quiero acordarme, donde la actuación por libre de un “chiringuito diocesano” similar con sus pronunciamientos públicos, que casualmente coincidían siempre con determinadas opciones políticas radicales, obligaron al ordinario a tomar cartas en el asunto.  

En una situación como la actual, la Iglesia no puede permitirse el lujo de ofrecer una imagen de confusión y contradicción, con montajes como los de estos “delegados” francotiradores, que se arrogan la opinión de su “delegante” no consultado.  

Hoy, como siempre, la Iglesia debe estar con los más débiles, que como ha apuntado sibilinamente D. Juan del Río, no son precisamente los sindicatos convocantes de la huelga de hoy, apesebrados, con un respaldo social más que discutible, y copartícipes, hasta donde pudieron, de la errante política económica de un gobierno que ha conducido, en buena medida, a la lamentable situación que vivimos.  

 Algunos, como el bueno de fray Fulgencio, siguen proclamando que “son hombres de su tiempo”. Y tienen parte de razón, porque cualquiera pensaría que su tiempo es la década de los setenta del pasado siglo, donde parecen haberse instalado “ad aeternum”, sin haberse dado cuenta que desde entonces han pasado cuarenta años, ha llovido bastante, y mucho han cambiado las cosas.

Pero ellos siguen dale que dale,  pensando que vivir una fe encarnada es desafinar con la guitarra cantando el “alabaré, alabaré”, o aplaudir con las orejas cualquier iniciativa que provenga de determinados partidos o castas sindicales. Ellos se empeñan en querer hacernos comulgar con ruedas de molino, desde posiciones trasnochadas que pretenden vendernos disfrazadas de “conciencia social”.

 Sin darse cuenta que, tal y como están las cosas, es hasta difícilmente defendible la persistencia de estructuras diocesanas dedicadas a la “pastoral obrera”, como no sea únicamente para seguir sirviendo de altavoz a las originalidades de algunos.  

Pero a la vista está que poco conseguirán. Les pasará como a nuestro cocinero, que lo único que ha logrado es que utilicemos hoy el microondas arrumbado en la cocina para recalentar las sobras de ayer. Y mañana será otro día. Pax et bonum!.


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