Domingo, 20 de mayo de 2018

ya no es tan donostado por los "enterados"

I CAPULETI E I MONTECCHI: BEL CANTO EN ESTADO PURO

Una obra poco representada en nuestro teatro y que ha sido una buena idea recuperar. Supongo que habrá pesado en el ánimo de los programadores de la temporada no sólo que es uno de los títulos menos conocidos de su autor, cosa que buscan "rescatar" cada año, sino que el tan denostado "belcantismo" durante el último tercio del siglo XX y  primeros años del que estamos en curso comienza en esta segunda década a resurgir y Oviedo siempre quiere estar "a la última".

         Esta obra, que obtuvo gran éxito en su estreno, en 1830, en el teatro La Fenice de Venecia, es un paradigma de la "melodía infinita", como Wagner definiría la música de su autor. Bellini recurrió a un libreto de Felice Romani, escrito para otro compositor. Su autor para inspirarse parece bebió en las mismas fuentes que lo hiciera Shakespeare para escribir su inmortal drama sobre los amantes de Verona, en lugar de acudir directamente a la obra del genial inglés, de ahí las disimilitudes entre la trama de la ópera y la tragedia shakesperiana.

         Hay un aspecto que llama especialmente la atención y es la melodía que el autor encomienda al arpa en la primera aparición de Giulietta que resonará pocos años más tarde en l'Elixir d'Amore de Donizetti.  También los concertantes dramáticos con el coro tienen un lejano eco en la obra, del autor antes citado, Lucia de Lamermoor. Es innegable que el maestro de Bérgamo había escuchado las obras de su compatriota y su recuerdo rondaba su mente a la hora de escribir algunas de sus obras

         La versión que nos ha ofrecido el director Giacomo Sagripanti, al frente de la orquesta Oviedo Filarmonía, es una magnífica lectura de las esencias más puras de lo que este estilo significa: la belleza de la melodía cuyo intérprete fundamental es la voz, apoyada en una orquestación que enmarca y remarca esa delicadeza expresiva y torrente de imaginación melódica. Estilo que en Bellini encuentra su cima.

La orquesta respondió a la impronta marcada por la dirección con esmero y acierto regalándonos una lectura exquisita de una partitura cuya exigencia no radica en la dificultad técnica de la ejecución sino en el acierto en el estilo, el tempo y la levedad. Considero un acierto el hacer subir a saludar a los solistas por el especial acierto de su actuación. La trompa prologando los momentos aciagos es un elemento fundamental en el desarrollo orquestal encarnando la voz de la pena, la desdicha y la fatalidad, que en una ocasión es sustituido en su empeño por el clarinete y en otra por el cello. No entiendo que no los haya acompañado el arpa, estuvo verdaderamente notable y el hecho de que no pudiera transportar el instrumento no lo justifica

         El protagonismo de la obra, aunque recae en la pareja de enamorados, sin embargo en este caso no se centra solamente en ellos sino que da un sitio relevante a otros actores como el padre de Giulietta o su pretendiente.

         El papel de Romeo, a diferencia de Gounod,  fue escrito por Bellini para la voz de mezzosoprano, parece que para remarcar la juventud del protagonista, era un recurso muy utilizado durante el barroco y pervivió en el clasicismo. Pero lo que parece un guiño inocuo, sin embargo no lo es porque introduce una pincelada clasicista y en cierto modo retardataria en una obra por otra parte plenamente romántica. Incluso toda la parte a interpretar por este personaje es diferente al resto, menos belcantista, aspecto que agudizó la versión que nos ofreció:

Serena Malfi, la gran triunfadora de la noche, posee una voz aterciopelada,  muy uniforme en su color efébico, con potencia vocal suficiente, bien colocada, sin grandes agilidades pero segura en toda la escala con algún apuro en los agudos más comprometidos.  Estuvo memorable en su largo dúo del final con Giulietta y en cada una de sus arias.

Patrizia Ciofi fue Giulietta, no tiene un timbre bello ni demasiado definido, domina el piano y las agilidades pero le fallan los armónicos sobre todo cuando canta "a capella" y especialmente en el modo forte. Empezó su actuación titubeante pero la entrada del arpa pareció centrarla y a partir de ahí hizo de sus flaquezas virtud y nos regaló una notable interpretación con algún desajuste en el primer dúo con Romeo. Si continúa trabajando la técnica podría convertirse en una cantante belcantista excepcional.

Paolo Battaglia dio vida a Capellio, el cruel padre de Giulietta, es un bajo sin ambages, domina los graves y tiene una emisión segura y poderosa pero adolece de un problema bastante común en este tipo de voz: la carencia de empaste y  uniformidad en el sonido hasta parecer entrecortado,  algo bastante desagradable. En la escena final logró superar este escollo y nos ofreció lo mejor de su interpretación.

Tebaldo, el pretendiente desairado de Giulietta, corrió a cargo de José Luis Sola que no tuvo su noche, de él se pueden decir muchas cosas y ninguna positiva, carece del volumen vocal necesario para afrontar papeles de esta entidad, falló clamorosamente en los agudos que ni los alcanzó ni fue capaz de mantenerlos. Su problema fundamental es que carece de la técnica adecuada, canta apoyándose únicamente en la garganta sin proyectar la voz a la "mascara" y sin controlar el diafragma, lo que le impide una resonancia adecuada. En fin sólo se puede decir que le sería muy beneficioso acudir a un mentor que le enseñara los secretos de la técnica vocal.

Miguel Ángel Zapater dio vida a Lorenzo, el clérigo que ayuda a los amantes y trata de frenar la violencia y el rencor de Capellio, ha sido todo un lujo para este secundario papel. Continúa teniendo una bellísima y empastada voz de bajo con una gran uniformidad en el color, dominio de los armónicos y facilidad en toda la escala, quizá ha perdido volumen vocal pero aún así es demasiado bajo para tan exiguo papel.

El Coro de la ópera de Oviedo, bajo la dirección de Elena Mitrevska, estuvo a la altura que se espera de él, siempre solvente y disciplinado.

         La escena por una vez no intentó erigirse en la protagonista de la representación. Arnaud Bernard la dirigió con dignidad, tratando de poner su sello personal en la propuesta de lo que podría encuadrase como la ficción dentro de la ficción que esta vez toma la forma de un pinacoteca en la que lo personajes pintados en sus lienzos cobran vida, asunto sugerido en el lienzo rasgado que sirve de acceso a los intérpretes. También en la congelación de escenas que imitan la impasibilidad de las figuras pintadas que en una ocasión son encerradas en un marco gigante. Es un juego que ha conseguido hacer funcionar. Sólo se le podría objetar que en su afán de subrayar el dramatismo de la acción somete a los cantantes a un movimiento algo excesivo y a unas posturas poco favorables para la emisión vocal

La escenografía de Alessandro Camera en líneas generales funcionó aunque no entiendo tanta insistencia en las obras, la profusión de obreros y de aperos por todos lados, más evocaba  un taller que  un museo.

Se agradece que Carla Ricotti  nos haya regalado unos cuantos jubones y gregüescos para los hombres y trajes renacentistas para las mujeres, aunque la obra se sitúe en el siglo XIII, el toque renacentista resulta un guiño a otras versiones de este mismo tema. No fue tan acertada la caracterización de Romeo, perfectamente vestido, pero aquella larguísima y gruesa cola de caballo volvía menos creíble su condición masculina, quizá se hizo a posta.

         En definitiva ayer vivimos una velada de una gran dignidad que nos demuestra que hay otras formas de "hacer" que no necesitan recurrir a una manida provocación, que ya no provoca nada excepto un profundo aburrimiento aunque sólo sea por lo reiterativo


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