Jueves, 17 de octubre de 2019

Los comentarios de Monseñor Jesús Sanz

La cruz de los jóvenes / El hijo pródigo

La cruz de los jóvenes       (Carta semanal del Arzobispo de Oviedo)             

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.De muchas maneras ya se ha dado el pistoletazo de salida para ese encuentro que tendrá lugar en Madrid el próximo verano, con la Jornada Mundial de la Juventud que convoca y preside el Papa Benedicto XVI. Allí estaremos, Dios mediante, con el mayor número posible de jóvenes.                                                                       

Estas Jornadas son una llamada puntual que la Iglesia nos hace y no un toque a rebato. No pretenden estas citas eclesiales suplir lo que con creatividad, método y constancia, debemos ir trabajando durante el resto del año a favor de nuestras generaciones más jóvenes, sino más bien todo lo contrario: es un precioso punto de partida, aldaba que nos mantiene despiertos, y ocasión providencial en donde Dios nos da la gracia que siempre acompañan estos encuentros. Después vendrán las distintas maneras de un estilo catequético, la diversa sensibilidad eclesial, la espiritualidad de cada grupo, su calendario y agenda. Pero el asomarse a un horizonte de miles y miles de chicos y chicas cristianos, nos ayuda a reconocer con gozo lo que dijo el Papa Ratzinger cuando empezó su ministerio papal: la Iglesia está viva, la Iglesia está joven.                         

Son muchas las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano que han salido de estos encuentros con el Papa. Y no es desdeñable el hecho positivo de verse una juventud católica, sana, alegre, responsable, eclesial y comprometida con su época. Quienes –como en mi caso– hemos participado en varias de estas Jornadas como joven, como cura y ahora como obispo, podemos dar testimonio humilde y apasionado del regalo que suponen, de la verdadera gracia que hay en ellas, y del mucho bien que a todos hace.                                                                                     

Pero antes del encuentro, se nos invita a acoger en la diócesis anfitriona y en las que estamos en el resto del país, un símbolo especial: la Cruz de los jóvenes y el Icono de María. Es algo que entregó Juan Pablo II en el año santo de 1984 a los jóvenes católicos de todo el mundo como santo y seña que identifica estas Jornadas Mundiales de la Juventud cristiana: «Queridos jóvenes,  al clausurar el Año Santo os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención». Una Cruz vacía que ha ido recorriendo todos los continentes en sus diversos rincones llenos de la necesidad más variopinta. Con motivo de estos más de veinticinco años de Jornadas, esta Cruz ha recorrido las capitales de esta vieja Europa, los aledaños de Asia, los contrastes del mundo americano del norte y del sur, Australia…                   

En esa Cruz vacía, confiada a los jóvenes, Cristo se ha mostrado clavado en las distintas pasiones de cada uno de los crucificados a lo largo y ancho de las naciones. Es un Cristo que habla todas las lenguas, que tiene todos los colores de piel, que pertenece a todas las clases sociales y culturales, y que muere de todas las hambres y de toda la sed. Pide brazos cirineos que sean jóvenes, que le ayuden a llevar la cruz. Y junto a Cristo y a sus cirineos jóvenes, está María al pie de la Cruz representada en el  Icono.                                                                                                             

En los varios calvarios de nuestro mundo, el Señor no rehúye su sitio, asume el dolor y los desafíos con todos sus rostros, y en todo momento ofrecerá su redención salvadora, pronunciando su palabra última de vida resucitada, tras las palabras penúltimas de la muerte amortajada. Es el signo de nuestra victoria y no el pin de nuestra derrota. Dichosos los jóvenes que así lo entienden. Dichosos sus pastores si se lo enseñan a vivir.                        Recibid mi afecto y mi bendición.

 

¿Es usted un pródigo? (Comentario al Evangelio) 

         Estamos ante una de las páginas evangélicas más sobrecogedoras, en las que como decía Charles Péguy, Dios parece que ha perdido la vergüenza. Ante la pregunta sobre la misericordia, Jesús describe una parábola, que simbólicamente representa a los dos tipos de personas que estarán en torno a su vida: los publicanos y pecadores por un lado, y los fariseos y letrados por otro. Pero el protagonismo no recae en los hijos ni en sus representados, sino en el padre y en su misericordia.

Publicanos y pecadores (el hijo menor): Este hijo siempre había sido medidor de su destino: decidirá marcharse y regresar, haciendo para ambos momentos un discurso ante su padre. Sorprende la actitud del padre descrita con intensidad por una lista de verbos que desarman los discursos de su hijo, y que indican la tensión de su corazón entrañable: «cuando estaba lejos, su padre lo vio; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo» (Lc 15,20). Es el proceso-relato de la misericordia. Y el error de aquel hijo menor, que le condujo a la fuga hacia los espejismos de una falsa felicidad y de una esclavizante independencia, será transformado por el padre en gozo y encuentro, en alegría inesperada e inmerecida. La última palabra dicha por ese padre, que es la que queda sobre todas las penúltimas dichas por el hijo, es el triunfo de la misericordia y la gracia.               

Fariseos y letrados (el hijo mayor). Triste es la actitud de este otro hijo, aparentemente cumplidor, sin escándalos... pero resentido y vacío. No pecó como su hermano, pero no fue por amor al padre, sino a sí mismo, a su imagen, a su fama. Cuando la fidelidad no produce felicidad, es señal de que no se es fiel por amor sino por interés. El se había quedado con su padre, pero había puesto un precio a su gesto, que le impedía quedarse como hijo. Teniéndolo todo, se quejaba de la falta de un cabrito. Quien vive calculando, no puede entender, ni siquiera ver, lo que se le ofrece gratuitamente, en una cantidad y calidad infinitamente mayor de cuanto se puede esperar.           

Acaso cada uno de nosotros seamos una variante de esta parábola, y tengamos parte de la actitud del hijo menor y parte de la del mayor. Lo importante es que en la andanza de nuestra vida podamos tener un encuentro con la misericordia. Hay muchas maneras de vivir lejos del Padre Dios, y muchos modos de despreciar su amor estando junto a Él, porque podemos ser un hijo perdido o un hijo huérfano. La trama de esta parábola es la de nuestra posibilidad de ser perdonados. El sacramento de la Penitencia es siempre el abrazo de este Padre que viéndonos en todas nuestras lejanías, se nos acerca, nos abraza, nos besa y nos invita a su fiesta. Esta es la revolución de Dios, que de modo desproporcionado y gratuito, con su propia medida, no quiere resignarse a que se pierda uno solo de sus hijos queridos.


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