Lunes, 24 de septiembre de 2018

Desenfoque de la realidad

Necesitamos más "brecha salarial"

La "brecha salarial" es una falacia estadística -fabricada por la ultraizquierda y el feminismo radical- que la sociedad española se ha tragado de mil amores, a juzgar por las declaraciones de los medios de comunicación y de los partidos políticos (con alguna excepción, como Vox). El truco consiste en comparar las masas salariales totales de varones y mujeres. Y se engaña a la gente haciéndola creer que la desventaja retributiva del sexo femenino se debe a perversos mecanismos de discriminación machista. Por supuesto, esa discriminación no existe: al menos desde la aprobación del Estatuto de los Trabajadores (1980), está estrictamente prohibida en España la discriminación salarial por razón de sexo. Hombres y mujeres reciben el mismo sueldo por empleos y puestos del mismo rango y cualificación. Las oportunidades formativas y laborales de españoles y españolas son exactamente las mismas. España no es Afganistán: aquí rige desde hace tiempo una completa igualdad de derechos.

Que la masa salarial femenina sea inferior a la masculina se debe básicamente a dos factores. El primero es que las mujeres no suelen escoger estudios técnico-científicos, y especialmente las ingenierías. La fuerte infrarrepresentación femenina en las carreras técnicas no se debe a un complot misógino de arquitectos e ingenieros, sino al simple y libérrimo hecho de que a las chicas no les apetece estudiarlas: prefieren las especialidades humanísticas, jurídicas o sanitarias. Ahora bien, el nivel retributivo promedio de los ingenieros es claramente superior al de profesores, abogados o médicos y enfermeras. Y eso repercute en la "brecha salarial".

El otro factor es que las mujeres todavía conciben y crían niños, afortunadamente. Y un porcentaje importante de ellas deciden, bien renunciar totalmente a la vida profesional, bien aparcar transitoriamente sus carreras para ocuparse de sus hijos. Y, por supuesto, eso tiene un coste: oportunidades de ascenso perdidas, competitividad deteriorada, "techo de cristal" no superado… No se puede tener todo.

Que sea la mujer la que, en la gran mayoría de los casos, ralentiza o dosifica su dedicación laboral para hacer sitio a la maternidad y la crianza no es fruto de una siniestra conspiración machista, sino de la naturaleza humana. No es sólo que sean ellas las que gestan, paren y amamantan; es, también, que el vínculo biológico-afectivo es más íntimo entre la madre y el niño, y la psique femenina ha sido programada por la evolución para una mejor dispensación de la función maternal. Muchas mujeres viven el cuidado de sus hijos, no como una injusta carga que les endilga una sociedad misógina, sino como una experiencia valiosa que por nada querrían perderse.

Durante milenios, y hasta hace sólo medio siglo, la humanidad practicó una nítida división sexual del trabajo: los hombres cazaban el mamut o ganaban el pan, las mujeres dirigían el hogar y criaban niños. El progreso tecnológico "que hace menos absorbente el trabajo doméstico- y el control de la natalidad han permitido que las mujeres puedan realizarse también intelectual y profesionalmente, y eso es bueno. Pero la paridad laboral-salarial perfecta es imposible, mientras la naturaleza y la reproducción humanas sean las que son.

Ni es posible, ni resulta deseable. Alcanzar la ratio 50/50 en absolutamente todas las esferas (ingenierías, altos ejecutivos empresariales, cátedras…) sólo podría conseguirse mediante la renuncia a la reproducción. En una sociedad sin niños, las mujeres, liberadas del lastre de la maternidad, alcanzarían a los hombres en los pocos ámbitos en los que aún están rezagadas, rompiendo todos los techos de cristal. La cacareada "brecha salarial" pasaría a la historia. Y después pasaría a la historia la propia humanidad, que se extinguiría por falta de recambio generacional.

La obsesión por una absoluta igualdad profesional entre los sexos es un nocivo ídolo postmoderno. Nos cuentan que nuestra sociedad será injusta mientras no se alcance el 50/50 en el rugby profesional, los bomberos, los departamentos de ingeniería electrónica o los consejos de administración. Se incita así a las mujeres a competir implacablemente con un sexo masculino presentado como rival y opresor. Y, por tanto, a renunciar a la maternidad, "esclavitud biológica" (Simone de Beauvoir) que lastra injustamente a la mujer.

Nuestra sociedad puede sobrevivir perfectamente con una ligera diferencia entre las masas salariales totales de hombres y mujeres. En cambio, no podrá sobrevivir si persiste la escasa afición a la maternidad: nuestro índice de natalidad es un 35% inferior a la tasa de reemplazo generacional desde hace más de treinta años. El número de españoles entre 20 y 39 años de edad descendió en 2.8 millones sólo entre 2008 y 2016, mientras se incrementaba rápidamente el de los mayores de 65 años. Tendremos pronto una pirámide demográfica insostenible, con demasiados jubilados y demasiados pocos contribuyentes en edad laboral.

Si en España aumentase algo la "brecha salarial" porque un mayor número de mujeres han ralentizado sus carreras para tener varios hijos (nadie habla del techo de cristal reproductivo: la "parejita"; si queremos conseguir un repunte natalicio, habría que incentivar que muchas mujeres fuesen a por el tercer o el cuarto hijo, compensando así la infecundidad de las que no tienen ninguno)… ¡habría que celebrarlo! Significaría que hemos identificado por fin nuestro problema más grave, y que estamos intentando atenuarlo. Y nuestro problema más grave no es la brecha salarial, sino el suicidio demográfico.

Y sí, necesitamos "avanzar en igualdad", pero no en la de las masas salariales de los sexos. Hay formas de desigualdad que desincentivan la reproducción y que son, ellas sí, aberrantemente injustas. Por ejemplo, una mujer que renuncie a su carrera profesional para criar a seis hijos se encontrará sin pensión digna en la vejez, por no haber cotizado. La profesional competitiva que renunció a la maternidad para volcarse en su exitosa carrera alcanzará, en cambio, la pensión máxima (que le pagarán los hijos de la madre coraje). Son esas las desigualdades que debemos corregir si queremos tener un futuro.


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