Lunes, 21 de enero de 2019

las femicomunistas

Raíces del mal

Han bastado cuatro días para que la montaña de odio antimasculino levantada por el 8 de marzo se disuelva como un zurullo de perro bajo la tormenta. El mal, el de verdad, el que amenaza de tantas formas posibles a todo hombre o mujer desde la cuna a la sepultura, no se somete a los esquemas reduccionistas de los agitadores y ha dejado claro que se ríe de las pretendidas guerras de sexos, último invento para arañar poder mediante la siembra de la mentira. Es de esperar que algunas de esas que hace sólo una semana lanzaban las más feroces acusaciones contra la mitad de la humanidad -recordemos a la alcaldesa Carmena hablando de un ADN violento en el varón- hayan meditado sobre el ridículo en que la realidad de la vida las ha puesto de un pantallazo. Que no se preocupen: ningún caballero, precisamente por serlo, les va a pedir cuentas ni arrepentimiento público. También para eso sirven los privilegios de su sexo.

Durante muchas generaciones, nuestros antepasados, a quienes muchos cretinos actuales creen ignorantes porque eran iletrados, conocieron perfectamente la naturaleza del mal y sus nidos. Explicarlo es el gran asunto del Génesis, además de establecer los fundamentos de la alianza entre Dios y el hombre para vencer al Maligno. Sus relatos no parecen muy políticamente correctos, pero esconden una sabiduría que hoy hemos olvidado: el primer asesinato es el de un hombre, Abel, al que su propio hermano mata por celos y envidia; una mujer, Sara, por celos, expulsa al desierto y hacia la muerte a otra mujer y al niño que había tenido con su marido; los hijos de Jacob, celosos y envidiosos, venden como esclavo a su propio hermano, tras estar a punto de asesinarlo. Esas viejas historias, tan vigentes hoy como entonces, poseen más honda verdad que todos los manifiestos. Ni el mundo, ni la sociedad, ni el corazón del hombre son, ni han sido nunca, el escenario de maniqueísmo sexista que las femicomunistas diseñan como un recortable para niños.

Pero todavía hace falta algo más para que el mal actúe, y es que las circunstancias lo propicien y no sean contrarrestadas por lo que siempre se llamó no valores, sino virtudes. Hay causas hoy innombrables del inmenso sufrimiento, a veces muerte, de los inocentes: el completo desarreglo de vida, el desorden moral elevado a norma y a ejemplo. Pero silencio, por favor, no se vaya alguien a ofender.


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