Miercoles, 21 de febrero de 2018

liberal perfeccionista

Ellos sí creen

Recuerdo haberle oído hace veinte años a Jon Juaristi que el PNV no deseaba verdaderamente la independencia, sino la eterna aproximación a ella, que le permite justificar su existencia como movimiento irredentista y obtener prebendas presupuestarias y competenciales sin fin de un Estado siempre obsequioso (algo parecido a lo que dijo Eduard Bernstein en 1899 sobre la lucha por el socialismo: "la meta no es nada, el camino lo es todo").

Durante mucho tiempo pensé lo mismo del nacionalismo catalán: apostar en serio por la independencia sería matar la gallina de los huevos de oro. Y esa ha sido siempre también la premisa que subyacía a la actitud de los sucesivos gobiernos de Madrid: se puede aplacar al nacionalismo con dinero, con nuevas transferencias competenciales, o permitiendo que humillen un poco más a los hispano-hablantes de Cataluña, adoctrinen más tóxicamente a los niños o abran la enésima televisión o "embajada".

Siempre quedaba algo de botín para comprar un poco más de tiempo, fuesen tesoros artísticos de Sijena retenidos arbitrariamente por el Museo de Lérida, documentos del Archivo de Salamanca entregados a la Generalitat, corrupción a lo 3% consentida, sentencias del Tribunal Supremo inaplicadas, banderas nacionales quemadas o el himno español impunemente abucheado en las finales de la Copa del Rey. PP-PSOE de un lado y nacionalistas catalanes del otro estaban tácitamente de acuerdo en que la solución consistía en el infinito estiramiento de la reivindicación de los unos y de las concesiones de los otros.

Esa relación basada en el chantaje y la claudicación permanentes hubiese podido terminar si España hubiese puesto pie en pared alguna vez, anunciando que no claudicaría más. En cuarenta años de democracia, nunca llegó ese momento de dignidad (si exceptuamos, en el caso vasco, la ilegalización de Batasuna en la etapa Aznar).

Sorprendentemente, la cuerda se ha roto por el otro lado. Resultó al final que los nacionalistas deseaban la independencia de verdad. Incluso en esta etapa terminal, los cálculos del gobierno español han respondido hasta hace dos días a la antigua lógica victimismo-concesión: "Van de farol; todo es gesticulación para después arrancar un nuevo acuerdo de financiación, o maniobras de ERC para desplazar a CiU como partido nacionalista hegemónico".

Piensa el ladrón que todos son de su condición: incapaz de ningún ideal más alto que el tejemaneje y el regate político en corto, Rajoy no puede concebir que alguien piense y actúe en términos de Historia con mayúsculas. Es preciso reconocer que los nacionalistas catalanes están demostrando una audacia y una ambición de las que carecen los partidos nacionales.

Lástima que toda esa gallardía se haya entregado a un proyecto erróneo: la voladura de una Constitución democrática absolutamente respetuosa de la pluralidad regional, el despiece de uno de los países más antiguos de Europa y la creación de un microestado etnicista basado en una ideología narcisista y aldeana (el verdadero resorte del nacionalismo catalán ha sido siempre un infundado complejo de superioridad respecto a los demás españoles).

Puigdemont, Mas y Junqueras han pensado en grande y apostado fuerte? para el mal. ¿Será capaz la clase política española de hacer lo mismo para bien? Pensar en grande significaría entender que cuarenta años de constantes concesiones para que "los nacionalistas se sientan cómodos" sólo han servido para que se convenza a dos generaciones de jóvenes catalanes de que España es el enemigo, llevándonos a la locura actual.


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