Sabado, 25 de enero de 2020

(Recordando a doña Gertrudis G. de A.)

Desgracia y ventura de la ondina morisca

Me contó dicha historia, un descendiente de los protagonistas de la misma, que, entonces regentaba una distinguida boutique-peluquería, dentro del edificio del hotel, especializada en pelucas de un color dorado brillante, que eran el furor del momento entre la distinguida clientela de tan apacible lugar. Pero basta de rodeos, sufrido y amable amigo, y paso a contar la historia tal como la escuché con embeleso de labios de aquel, diré, agraciado joven, que así me la fué desgranando con tono no exento de melancolía y emoción y que yo procuraré transcribir con la mayor fidelidad posible tanto en la forma como en el fondo, continente y contenido, apaciguando el sentir que me produce su entrañable recuerdo:


"Aquella ondina no era una ondina cualquiera. Especiales circunstancias se habían juntado para que fuese un ente especial, dentro de lo especiales que ya son de por sí las ondinas habitantes siempre de nuestro líquido elemento.


Resulta que su madre, ninfa de las aguas de un maravilloso lago, en tiempos de la dominación árabe en España, había seducido a un apuesto oficial de los ejércitos de Abderramán III, siendo nuestra ondina protagonista el fruto de aquellos apasionados amores. Desgraciadamente para las ondinas, madre e hija, al poco de nacer la criatura, el apuesto oficial, algo casquivano y picaflores él, en una de sus frecuentes salidas del agua, había quedado prendado de una hermosa campesina cristiana que recogía frutos silvestres por las orillas del lago y, marchando en pos de ella, no había vuelto a sumergirse en las azuladas aguas, un poco harto ya de tanta humedad y, sobre todo, de los cantos de las ondinas que, según su opinión y la de bastantes lugareños de aquellos entornos, dejaban bastante que desear pues al entonarlos a tres o cuatro voces, incluso cinco o seis, la verdad sea dicha, resultaban desafinados de una forma notable e impropia de seres tan delicados, martirizando los oídos de los citados pacíficos vecinos.


El lago en que habitaban estos personajes tenía, como dije, unas aguas, como es natural, de un color azulado clarísimo algo verdoso que, ¡oh desgracia! no encajaba en absoluto con los ojos y los abundantes cabellos de nuestra protagonista que, heredados de su padre mauritano de Mauritania, lucían evidentemente un color negro azabache. Este detalle hacía que ningún caballero ni mozo de los alrededores podía identificarlos, como mandan las leyendas, con las cristalinas, verde-azuladas aguas del lago ni, por tanto prendarse de ellos y, por consecuencia, de ella, al estar tan lejos del canon correspondiente y ortodoxo que debe cumplir cualquier ondina que se precie de tal o de cual.


Y nuestra ondina se aburría, se aburría y ya entonces se traumatizaba, pues, perdóneme el sufrido lector la vulgar frase, en realidad, a pesar de su buena voluntad y del interés que ponía en sus intenciones, la pobre no "rascaba bola", un día sí y al otro también tampoco.


Algo había que hacer ante aquella situación. Su madre, bastante reumática y ya algo achacosa, estaba muy disgustada con el poco éxito de su hija en cuya persona había puesto tantas ilusiones, y también a su vez notaba una triste frustración que le costaba mucho pesar y abundantes lágrimas.


Pero la fortuna hizo que un día acertase a pasar por allí un caballero en peregrinación a Santiago de Compostela. El tal caballero era natural de Galicia pero en aquellos tiempos vivía muy lejos (en Colmenar de Oreja) y había encontrado un buen motivo para volver a visitar su tierra, en el piadoso plan de peregrinar a la tumba del apóstol Santiago, venerado poseedor de devoción tan universal.


Aparte de su porte altivo y elegante, el caballero era músico, no en vano ya hemos dicho que residía y ejercía su profesión en Colmenar de Oreja ¿lo cogen? y aquel día que pasaba cerca del lago, sus delicados oídos captaron horrorizados los cantos de las ondinas, cosa que le atrajo con gran interés, un interés espontáneo y didáctico, dada su especialidad, por lo que se afanó y tras no pocos esfuerzos, dadas sus escasas facultades natatorias, consiguió conectar con aquellos seres acuáticos, etéreos y cantarines tras ponerse como una sopa y a punto de fallecer por un ahogamiento tan trágico como involuntario.


Una vez que conoció a las ondinas, después de unas cuantas sesiones de natación, puesto al corriente de las vicisitudes varias por las que aquéllas  atravesaban, se identificó con los problemas a que ya hemos aludido y decidió hacer un alto en su fatigoso camino para poder ayudarlas en la medida de lo posible. Tenía un gran corazón aquel caballero, siempre dispuesto a hacer el bien por lo que se entregó con gran ilusión a menester tan musical como digno de loa y agradecimiento.


Pasado algún tiempo, y en cuanto a los cánticos, logró un éxito bastante notorio pues a los tres meses de morar en las azuladas aguas y tras intensos ensayos día tras día, las ondinas llegaron a entonar con aceptable musicalidad aquella canción que dice:


"Ondiñas venen, ondiñas venen, ondiñas venen e van;

non te vayas rianxeira, que te vas a marear ¡glú gú, glú, glú"


para asombro de cuantos caminantes pasaban por aquellos entornos que no daban crédito a sus oídos, acostumbrados como estaban a las tabarras entonadas hasta entonces por aquellos, por otra parte, amigables seres.


Otro resultado distinto y poco afortunado, tuvo el intento de nuestro buen caballero de manipular el aspecto de nuestra morisca y morena ondina para cambiarlo por uno más adecuado a los colores de aquellas cristalinas y azuladas aguas y asemejarlo más a la imagen que todo el mundo sabe debe tener una ondina que se precie de tal.


El galaico caballero sabía de la existencia de unos cristales transparentes y de distintos colores llamados lentillas que, adaptándose a la forma de los ojos, podían ponerse sobre éstos, haciendo el efecto de unos verdaderos ojos del color más apropiado a cada circunstancia.


Consiguió el voluntarioso peregrino, un par de las dichas lentillas de un color azul celeste a la par que luminoso, perfectamente a juego con la tonalidad del lago y, aplicándolas a los ojos de la ninfa, logró una gran mejoría en su aspecto en el que, no obstante, desentonaba grandemente la negra cabellera, que fué a su vez teñida de un dorado y brillante color por iniciativa y arte de la madre materna, gran conocedora de los secretos del tinte.


He de aclarar que todas estas operaciones se realizaron en el exterior del lago, llegando, por fin, el momento de la gran prueba.


Acompañó el galaico a la ninfa a la roca desde donde se lanzaban grácilmente estos seres a las aguas y ella, llena de ilusión, voló literalmente, en un hermoso y angelical salto desde dicha roca hacia la cristalina superficie acuática para fundirse con el lago en un fraternal abrazo. Pero ¡ah los hados y las hadas, los idus y las idas y también las venidas y demás seres de los siderales espacios mágicos e intangibles! El resultado fue terriblemente descorazonador pues todas las ilusiones que habían puesto nuestros personajes en los cambios que hemos relatado, se vinieron abajo pues al primer contacto con el agua, se perdió una lentilla y durante su infructuosa búsqueda, el tinte del pelo fué desapareciendo con inusitada rapidez...


No quiero alargar mucho la narración presente para no mantener en vilo a  los queridos destinatarios de tan emotiva narración y por ello resumiré su final no queriendo hacer más dramática la situación resultante de aquella, en principio, esperanzadora experiencia:


Ante tamañas adversidades, el buen caballero decidió seguir su interrumpido camino pero llevando consigo a las dos ondinas, madre e hija, a las que había tomado un especial cariño y, gracias a su influencia en la tierra que le vió nacer, consiguió para ellas el traspaso de la boutique citada al principio, (entonces tienda), que ahora regenta Santiago Mustafá Ondiño que así se llama, ni más ni menos, el agraciado y solícito joven, descendiente como dije de los protagonistas y que me narró esta bella, conmovedora y quizá algo amarga a la par que emocionante historia."


Francisco Alonso-Graña

Gertrudo, el de las Avellanas


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