Lunes, 23 de octubre de 2017

mirada en torno

Una enseñanza, una verdad

En lo de Cataluña hay una enseñanza fundamental que apenas nadie menciona en los medios y los políticos pretenden ignorar. Una verdad inesquivable que se impone cada vez más entre la gente atribulada por sensata, entristecida hasta el hueso en estas semanas de amargo despertar. Los españoles han empezado a comprender la dura e incómoda verdad del fracaso del Estado de las Autonomías en la doble misión que hasta hoy justificaba su onerosa existencia: el supuesto encauzamiento de los separatismos periféricos y la articulación de la compleja realidad nacional española con el Estado que la expresa y debiera garantizarla. Más de la cuarta parte de la ciudadanía, según encuestas recientes, rechaza ya la configuración autonómica de España, pero ni un solo diputado en el Congreso, ni un solo medio importante refleja esa tendencia creciente. Peculiaridades del sistema que nos dimos creyendo que era democracia.

La mayor prueba del fracaso del Estado de las Autonomías no es ya la brutal explosión del caso catalán, sino el convencimiento de que sus efectos pueden extenderse a otras partes del territorio hasta hacer imposible cualquier forma viable de España. Pero ese temible resultado, que maniata al Estado en su inédita lucha contra el secesionismo que lo mina, sólo es concebible a causa de una configuración inestable y atomizadora que hace problemática toda la vida española, consume sus recursos, falsea su historia, arruina la solidaridad y aniquila la nación. ¿Existe algún país en el mundo que no pueda luchar contra un movimiento secesionista porque tema su propio estallido? ¿Era esto imaginable hace treinta años? Lo acaba de decir un maldito de la corrección política como Pío Moa: "Cuando un sistema político, en lugar de fortalecer y cohesionar a un país, se convierte en un foco de liquidación del mismo y de destrucción del pueblo, es evidente que debe ser sustituido".

Con el Estado de las Autonomías, la secesión de Cataluña no es más que una cuestión de tiempo. Nadie honradamente puede saber si ello podría evitarse en otro contexto. Pero lo que empieza a preocupar no es ya esa probabilidad, asumida ya por muchos que no se atreven a confesarlo, sino la mera existencia de España. Entre el desafecto de la izquierda, la cobardía de la derecha y el odio separatista que se extiende, ¿tendrá alguna posibilidad de sobrevivir?


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