Sabado, 20 de enero de 2018

Elecciones francesas

Podología providencialista

La victoria de Macron confirma que al iconoclasta 2016 (Brexit, Trump, referéndum colombiano, subida de la derecha populista en toda la Europa no mediterránea) le ha sucedido un 2017 de retorno a la normalidad y confirmación de la resistencia coriácea del establishment (derrota de Wilders en Holanda, de Le Pen en Francia, descenso de la AfD en las encuestas alemanas). Podemos respirar tranquilos: no, la Unión Europea no estallará, ni el euro será desarbolado por un vendaval de retornos a las monedas nacionales.

Los que, sin pensar que el populismo nacional-proteccionista-estatista fuese la solución, creemos también que el actual modelo social europeo tiene los pies de barro, no tenemos demasiadas razones para el regocijo (quizás sentían lo mismo muchos de los 8.5% votantes en blanco o nulo de ayer, el porcentaje más alto de la historia).

Francia tiene varias enfermedades crónicas que requerirían cirugía mayor: un Estado elefantiásico, con gasto público superior al 50% del PIB; unos servicios sociales dadivosos y cada vez más insostenibles; una deuda que se incrementa imparablemente desde el crack de 2008; un culto trasnochado a "lo público" y los "derechos adquiridos" (como la jornada laboral de 35 horas); una inmigración islámica que representa ya casi el 10% de la población, y que en parte rechaza los valores de la sociedad francesa, convirtiéndose así en cantera posible para el fundamentalismo islámico, atizado desde numerosas mezquitas y webs radicales (como demuestran los miles de desplazamientos de turismo yihadista a Siria e Irak, o los atentados de los últimos años); una crisis familiar galopante, con porcentaje de nacimientos extraconyugales que supera ya el 50%.

¿Va a ser Macron el cirujano de hierro capaz de aplicar las necesarias (pero impopulares) reformas de liberalización económica, aligeramiento del Estado, aplastamiento del islam radical, recuperación del orgullo nacional y de la estabilidad familiar? ¿O será un podólogo que lime los callos y se limite a ganar tiempo?

Macron se ha presentado como el hombre providencial que trasciende los partidos e ideologías con su carisma inclasificable; ha alcanzado la presidencia sin partido, con el solo capital de su propia persona taumatúrgica. En Francia existe cierta tradición de eso: el Napoleón del 18 de Brumario de 1799 y el Luis Napoleón que trocó la II República en Segundo Imperio (1851); o el general Boulanger, a quien faltó poco en 1889 para encabezar una "marcha sobre el Elíseo" que se hubiese adelantado en tres décadas a la Marcha sobre Roma. Y el propio De Gaulle, que en 1958 aplicó la eutanasia -ayudado por los generales franceses en Argelia- a una IV República desprestigiada por la impotencia gubernamental y las querellas entre partidos.

Macron ha mantenido una cuidadosa equidistancia en casi todos los temas importantes; su única apuesta ideológica clara es el sí incondicional al mantenimiento de la UE y el euro. Pero, aunque la Constitución de la Quinta República garantice al jefe de Estado competencias importantes, su capacidad de maniobra dependerá decisivamente del resultado de las legislativas del próximo mes. Macron tendrá que salir entonces de la indefinición centrista, para aplicar recetas de derecha o de izquierda.

Las últimas encuestas prometen a su En Marcha una fuerte representación en la Asamblea Nacional (en torno a los 260 diputados), pero sin alcanzar la mayoría absoluta (289). Los Republicanos obtendrían unos 200 escaños, el Partido Socialista unos 35 y el Frente Nacional unos 20. La lógica pediría un giro a la derecha, un primer ministro de Los Republicanos, y una praxis gubernamental de reducción del gasto público y liberalización de la economía. El ambiguo programa de Macron permite un desarrollo en esa dirección: por ejemplo, no promete la eliminación inmediata de la jornada de 35 horas (mediante reforma del Código de Trabajo), pero sí la posibilidad de negociaciones empresa a empresa para flexibilizar ese límite; no anuncia el medio millón de reducción de puestos funcionariales a que se había comprometido Fillon, pero sí la no renovación de 120.000.

Pero también cabe la posibilidad de que Macron intente gobernar apoyándose en su propio partido y en los restos de la izquierda. Los resultados desastrosos que las encuestas pronostican para el PS sólo se explican si consideramos que buena parte del electorado socialista se ha refugiado precisamente en el partido de Macron (al cabo militante socialista entre 2006 y 2009, secretario general adjunto al gabinete de Hollande entre 2012 y 2014, y ministro del gobierno del socialista Valls entre 2014 y 2016). De hecho, lo que queda del PS se muestra en este momento desgarrado entre los que, como Hamon, dan por hecho que el partido hará oposición a Macron desde la izquierda, y los que, como el portavoz gubernamental Stéphane Le Foll, llaman a la colaboración con el nuevo presidente.

Hay un aspecto en el que no caben dudas sobre Macron. Los defensores de la vida y la familia "y, por tanto, de la sostenibilidad de la nación a largo plazo- saben que no pueden esperar nada de él. El comunicado que emitió La Manif Pour Tous es suficientemente explícito: "Maternidad y filiación disociadas (inseminación artificial para mujeres solas o parejas de lesbianas y regularización de los hijos habidos por maternidad subrogada en el extranjero); fin del derecho de los huérfanos y del interés superior del niño en la adopción; ideología de género; machacamiento fiscal de las familias? El programa de Emmanuel Macron representa la continuidad de la política anti-familia desarrollada durante cinco años por François Hollande, Manuel Valls y Christiane Taubira".


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