Miercoles, 20 de enero de 2021

Octavia, Pilar y Olga

«PRINCESAS DEL MARTIRIO»

Todos sabemos cómo se han cambiado los nombres de miles de calles a lo largo y ancho de España. Incluso se han levantado monumentos a los mayores responsables de la Revolución de Asturias, es decir, a los que dieron un golpe de Estado, mientras hacen desparecer los nombres de calles y monumentos a personas que ni tan siquiera participaron en aquella guerra, como es el caso de Calvo Sotelo. Aunque el odio y la insensatez sigue y sigue anidando y aumentado dentro de personas como el ya citado Pedro Sánchez, uno de los mayores hipócritas que ha tenido España como presidente de Gobierno a lo largo de nuestra historia.

Pero no es ése el camino que quiero coger para escribir las siguientes líneas. Es mi deseo, ahora, referirme a tres mujeres cuyos nombres me ha recordado un buen amigo. Son Olga Monteserín Núñez, Octavia Iglesias Blanco y, por último, Pilar Gullón Iturriaga, asesinadas por unas milicianas en octubre de 1936. Eran enfermeras de la Cruz Roja de Astorga y a las tres la Ley de la Memoria Histórica las ignora. No quiere recordar esa Ley que cuando estaban cumpliendo con su obligación, los rojos destruyeron el hospital y los heridos rematados en sus camas. A ellas las obligaron a caminar varios kilómetros hasta llegar a la localidad asturiana de Pola de Somiedo y allí recluidas en un lugar conocido con el nombre de la checa del Somiedo donde pasaron una amarga noche, que sería la última de sus vidas.

A la mañana siguiente, 28 de octubre de 1936, fueron llevadas a un lugar alejado de la localidad de Somiedo, y allí asesinadas por tres milicianas que descargaron las balas de sus fusiles sobre ellas.  Según la historiadora Laura Sánchez Blanco, autora del libro Rosas y margaritas, las últimas palabras de estas mujeres, de las que la Ley de la Memoria Histórica para nada se ocupa ni preocupa, como si nunca hubieran existido, fueron: ¡Viva Dios! ¡Viva Cristo Rey! Sin embargo, una de las mejores escritoras españolas del pasado siglo, Concha Espina, bajo el título que encabeza este artículo, Princesas del martirio, les dedica varias páginas en un largo escrito: «Estas eran, Dios mío, tres mujeres de tu santa Fe. Estas fueron, Señor, tres vírgenes tuyas. Habían florecido en el regazo austero de Maragatería, tierra matriarcal de acendradas raíces españolas, solar de insuperables reciedumbres femeninas. Octavia, Pilar y Olga. Esta última, la más joven, apenas dieciocho años…»

En otro momento, Concha Espina dice que el nombre de Octavia es un nombre romano, el aragonés españolísimo de Pilar, y el de Olga un tanto exótico. Tres nombres de distintas procedencias, pero de la misma cuna española; tres cuerdas musicales que responden a un solo ritmo castellano. Tres mujeres que se unieron del brazo para ejercer su profesión de enfermeras voluntarias donde fueran más necesarias.

Y así ve esta escritora que comenzó con la obra La niña de Luzmela, a la que seguiría Agua de nieve, La rosa de los vientos, Al amor de las estrellas, Ruecas de marfil, El metal de los muertos, La esfinge maragata, etc., a estas tres rosas de pasión:

Octavia Iglesias por excelencia bondadosa, con un tesoro inagotable de dulzura. Hay un halo de santidad en su noble expresión: en su rostro suave y tranquilo arde una lumbre de lámpara siempre encendida. Es un espíritu vigilante en el cual se aposenta la gracia del Señor. Hija única, ha servido de amiga y confidente a una madre ejemplar, y ahora tiene algo de madrecita junto a sus compañeras, en aquel rudo paraje de socorro, entre hombres heridos y asperezas cotidianas.

Pilar Gullón, sobrina nieta del relevante leonés que tantas veces fuera un buen ministro de la Corona, es una bellísima criatura, de cara perfecta y delicado hechizo. Si es verdad que algunas mujeres atesoran la huella de los ángeles, Pilar reúne en sus facciones el privilegio angelical; y toda ella se mueve dentro del soplo seráfico, con una beatitud indecible.

Mientras Olga Monteserín, dinámica y refulgente como una estrella, personifica en su encanto los preciosos matices de muchos valores distintos. Por sus armoniosas líneas es la escultura viva, la obra humana de maravilla y selección. A veces su actividad recuerda el lujo de las aves En el viento, y su voz también el canto de esos admirables seres alados como los querubines, únicos por su excelsitud en el orbe terrenal.

Y termina su largo artículo, dedicándoles unas estrofas del poema de Fray Luis de León, Noche serena:

                                      Inmensa hermosura

aquí se muestra toda; y resplandece

clarísima luz pura,

que jamás anochece;

eterna primavera aquí florece


                                          JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA


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