Martes, 20 de febrero de 2018

Un magnífico Sigfrido ilumina el comienzo de la temporada


Mantener vivo un festival de ópera durante setenta temporadas sin interrupción es todo un triunfo, especialmente si tenemos en cuenta los dificilísimos momentos que a lo largo de estos años ha atravesado este evento y de los que salió adelante gracias a la sociedad ovetense y a pesar de los políticos, siempre más interesados en sus propios intereses que en lo que la ópera significa para Oviedo y para toda Asturias desde el punto de vista cultural y es curioso que el desdén de éstos aumentó durante la transición del franquismo a la democracia y no digamos durante los gobiernos socialistas en el ayuntamiento ovetense que la dejaron literalmente "tirada", a pesar de la vinculación familiar y personal del alcalde de entonces con la ópera ovetense.

La la actitud de la autonomía, siempre en manos socialistas salvo el periodo de Sergio Marqués -que en nada cambió en este campo la política de sus adversarios, algo habitual en los gobiernos de la derecha- y del irrelevante, por su brevedad, gobierno de Álvarez-Cascos, sólo puede ser calificada de una manera: miserable, tanto por la ignorancia del significado cultural del evento como por poner color político a determinadas ramas del arte y por tanto de la cultura a la que pretendían monopolizar bajo sus siglas sin saber siquiera de qué se trataba.

Luego vino Alfonso Guerra y su "interés" por la música y el gobierno socialista de Madrid hizo que asistir a representaciones de este arte fuera "progresista" y entonces la actitud hacia él cambió, en nuestros lares pasamos de una hostilidad insoportable a una tibia tolerancia que le permitió subsistir con más holgura, pero los años más difíciles hay que reconocer que se vivieron bajo la presidencia de Francisco Izquierdo que hizo verdaderos equilibrios para mantener viva esta fundamental tradición de nuestra región con el apoyo de los aficionados asturianos que formaron un grupo numeroso y entusiasta capaz de desafiar a la idiocia del  político de guardia.

Este grupo de esforzados lograron que la inveterada afición a la ópera en nuestra ciudad, que nace a comienzos del siglo XIX y que fue maravillosamente narrada por Clarín cuando ésta se representaba en el teatro del Fontán, actual biblioteca pública, teatro por el que pasaron primeras figuras del canto del siglo antepasado y que en 1892 se trasladó al teatro Campoamor, coliseo que promovió el citado Clarín desde su concejalía en el ayuntamiento ovetense de la época y que fue el inspirador del nombre ya que Leopoldo Alas era amigo y admirador del poeta de Navia.

El Sigfrido que nos ofrecieron el pasado miércoles ha sido un verdadero acierto, sin duda la mejor con diferencia de las obras representadas hasta ahora de la tetralogía wagneriana.

Es una pieza de gran belleza y uniformidad mucho más lograda que la Valkiria, a la altura del Oro del Rin, aunque mucho más extenso, es evidente que Wagner desconocía la teoría de los psicólogos actuales que aconsejan no traspasar el límite de la hora de duración en un acto porque la atención tiende a decaer.

Comenzaré, como siempre en las obras que integran el Anillo del Nibelungo, por Guillermo García Calvo, en las dos ocasiones anteriores fui algo crítica con él pero en esta ocasión se ha superado con creces, quizá haya influido que pudo contar con la masa orquestal que el autor había previsto,  el caso es que su versión resultó brillante, contenida, austera pero llena de expresividad, consiguiendo un empaste perfecto en el sonido de las dos orquestas que colaboraron: La OSPA y la Oviedo Filarmonía que brillaron a un nivel muy alto, excepto en el solo de trompa, ¿Qué pasa con este instrumento que ya no estuvo a la altura en la Valkiria? Es el único lunar de la ejecución orquestal que no entiendo no se haya intentado resolver, teniendo en cuenta la experiencia previa.  Guillermo García Calvo logró la integración de todos los elementos sonoros consiguiendo un equilibrio magistral entre el sonido instrumental y el vocal. Hemos asistido a una lectura genuinamente wagneriana.

El tenor ruso, Mikhail Vekua,   estuvo verdaderamente colosal, por fin hemos oído en Oviedo un intérprete wagneriano de calidad con capacidad sobrada para asumir un papel de esta exigencia y dificultad que lo mantiene casi perpetuamente en escena durante cuatro horas y sin concederle un momento de reposo. Su portentosa voz, clara, bien timbrada con una uniformidad en el color asombrosa y una capacidad sonora que además no conoce la fatiga tengo que reconocer que brilló como hace mucho tiempo que no lo hace ningún cantante en nuestro teatro. En la parte actoral, tan importante para Wagner, que en su juventud ejerció esta profesión, no estuvo a la altura, aunque creo que incidió la apuesta escenográfica a caballo entre la representación y la versión concierto.

Johannes Chum fue un Mime que resaltó la parte cómica de su papel pero que ni vislumbró la amargura que también emana de su personaje, su interpretación, sin perder corrección en ningún momento fue de las menos significativas de la velada, no tiene una voz bella ni poderosa quizá por ello remarcó en exceso su parte cómica.

Bela Perenc fue un imponente dios Wotan, aunque Wagner lo esconde en el libro bajo el seudónimo  que se podría traducir como caminante o más exactamente vagabundo y no como viandante, una traducción bastante sorprendente y poco apropiada, pero que fue la que nos endilgaron en la traducción del miércoles. El bajo-barítono húngaro, dotado de una poderosa, bien timbrada y redonda voz, nos regalo unos graves aterciopelados y profundos acompañados de una gran potencia en la emisión cosa que muy pocos consiguen en esta parte de la escala.

Zoltan Nagy asumió el papel del nibelungo Alberich con solvencia y corrección que contribuyó al empaste magnífico que presidió toda la representación

Andrea Mastroni interpretó al gigante convertido en dragón Fafner, guardián del tesoro y del anillo del nibelungo, la escenografía lo obligó a cantar fuera de escena, no obstante y a pesar de lo breve de su papel, brilló por su voz potente con magníficos graves y sus acentuaciones verdaderamente dignas de mención.

Erda, la diosa de la sabiduría, fue asumida por Agnes Zwierko, brilló especialmente en la zona de los graves con una voz bien colocada y una emisión notable pero en la zona de los agudos perdía esplendor por la menor capacidad vocal y un molesto vibrato.

La Brünnhilde de Maribel Ortega me sorprendió, como en el Oro del Rin hiciera David Menéndez en el papel de Donner, dios del trueno. La cantante andaluza tiene una voz dulce, llena de armónicos, con una coloratura uniforme y segura y una notable claridad de timbre, además destacó su compenetración sonora con el protagonista. Un verdadero regalo en un papel muy secundario en esta entrega de la tetralogía.

Alicia Amo fue la Voz del Pájaro del Bosque, tiene una voz con muchas posibilidades y agilidad pero le falta desarrollar en su totalidad los armónicos. No desmereció un elenco en estado de gracia hasta el punto que pocas veces pudimos ver uno tan integrado y equilibrado.

Carlos Wagner como director de escena apostó por subir a la orquesta al escenario lo que limitó la capacidad de actuación hasta casi convertirla en una representación en forma de concierto. Como dije en las anteriores partes de la tetralogía al tratarse de un tema mitológico es más fácil buscar alternativas pero aunque para mí optar por dar prioridad a la orquesta, aún a costa de subirla al escenario es un acierto, pero no a costa de renunciar casi completamente a la interpretación teatral, tratándose de Wagner y su "obsesión" por la obra completa es casi una traición al autor. Además la renuncia a todo símbolo de grandeza épica no es aceptable, ni la suple la proyección sobre el fondo y la cortina transparente que separaba la orquesta de la acción con motivos repetitivos hasta la extenuación y que rozaban lo kitsch por su obviedad  casi de comic. Es inadmisible esta pobreza dado las posibilidades que hoy ofrecen las técnicas de reproducción visual. Tampoco es acertada la eliminación de todo objeto imprescindible como la espada o la lanza  lo que obliga a los intérpretes a convertirse en mimos, cosa que no consiguieron en absoluto y que rozó lo grotesco, aspecto que alcanzó el clímax en el primer acto con un enano repulsivo al que no se caracterizó de ninguna manera de forma que de repulsivo no tenía nada y menos de enano ya que casi le sacaba la cabeza al héroe. El cantante ruso tiene tantas cualidades artísticas como ausencia de ellas en su físico, eso no es culpa suya, y sí labor del escenógrafo disimularlo y conseguir que parezca el héroe que representa, en lugar de eso se le viste de macarra con un chaleco y un cinturón marrones que acentuaban la cortedad de su figura, si además se adereza con  carreritas y  posturas de adolescente maleducado  se consigue rozar, por momentos, el ridículo, reforzado por la caracterización de Wotan que otra vez recordaba una drag queen como sucedió hace dos años en la Valquiria.

En definitiva, el estreno en nuestra tierra de este título de la tetralogía wagneriana no pudo ser más feliz desde el punto de vista musical y manifiestamente mejorable desde el escénico, es decir, no se consiguió la armonía entre ambos que exigía el autor pero con todo fue una velada memorable.

Cósima Wieck  


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