Viernes, 17 de agosto de 2018

siempre lo mismo por no variar

Fausto, lineal

Una vez más fue elegida esta ópera del autor francés para ser representada en la temporada ovetense. No es obra que haya alcanzado grandes cotas en nuestro teatro, con contadas excepciones, como una de los años setenta con un Aragall, en estado de gracia, en el papel de Fausto. Gounod, desde su estancia en Roma en 1839, tuvo la intención de musicar la obrar el escritor alemán, Goethe, para lo que empleó alrededor de unos veinte años hasta dar forma a la obra que ahora vemos en escena. En 1857 encargó a J. Barbier el libreto y éste, una vez aceptado el encargo, acudió a la colaboración de M. Carré quien ya había escrito un "drama fantástico" basado en la misma obra. En su primera audición en 1869 nadie consideró la obra melodiosa o fácil de entender y produjo casi tanto revuelo como las de Wagner. Pero más tarde conseguiría reconocimiento universal hasta convertirse en una de las obras habituales del repertorio.

Gounod aborda una melodía envolvente en la que se filtran los ecos de una cultura que recoge legados de Palestrina y de Bach en sus cánticos religiosos pero también de Mozart y del último Beethoven considerada, ésta última durante mucho tiempo como los desvaríos de un autor en su decadencia, y por lo que sería denostado por algunos críticos de la época.

Ayer asistimos a una versión correcta de este título, la orquesta, Oviedo Filarmonía, bajo la dirección del maestro Alvaro Albiach ejecutó la pieza con oficio, aunque se puso de manifiesto en algunas ocasiones la escasez de sus integrantes, especialmente en la obertura, quizá el momento menos afortunado de su actuación, ejecutando un tiempo algo retardado y con poco énfasis en la acentuación, salvo ese momento la interpretación fue correcta pero sin brillantez, sin la intensidad envolvente que requiere este título.

Stefan Pop asumió el papel protagonista, es un tenor bien dotado en los agudos, no tiene una voz bella pero sí con suficiente volumen. El comienzo, como el viejo doctor Fausto, fue lo más deficiente de su actuación debido a sus problemas con los graves. Hay que decir, para hacer justicia, que este, es un papel muy exigente para un tenor porque tiene un comienzo muy dramático con tonos muy graves para luego extenderse por un terreno lírico y salvo cantantes, especialmente dotados, requeriría en realidad a dos tenores uno muy dramático, casi un barítono y otro tenor lírico. Estuvo brillante en la escena del jardín con Margarita y en el trío del final con Mefistófeles y Margarita.

Mefistófeles fue encarnado por Mark S. Doss, es un papel de bajo, aunque su tesitura encaje más bien en la de bajo-barítono como se dice ahora o como se denominaba antaño, barítono dramático. Estuvo correcto, aunque hubo desajustes en su dúo del primer acto con Fausto, incluso algún desentone. Le falta amplitud vocal en la zona de los graves para "clavar" este papel tan exigente, se mueve con desenvoltura en la parte media de la escala y llega "justito" en los agudos. Su color es bastante uniforme pero le falta volumen. No obstante fue un muy digno Mefistófeles y brilló en el trío del último acto.

Maite Alberola fue una Margarita algo plana, tiene una voz de color homogéneo , bien colocada, domina toda la tesitura con uniformidad y una emisión potente pero falla en la acentuación lo que vuelve algo lineal su interpretación, esto se notó especialmente en las arias del rey de Thulé y de las joyas donde le faltó agilidad en el fraseo. Como sus dos compañeros estuvo especialmente bien en el trío del último acto.

Borja Quiza como el hermano de Margarita, Valentín, estuvo especialmente brillante, es un barítono de bella y uniforme voz, con un instrumento potente y enorme capacidad expresiva, conmovedor en la "plegaria".

Siebel, el enamorado de Margarita, papel masculino pero escrito para voz de mujer fue interpretado por la mezzosoprano Lidia Vinyes Curtis, y lo acometió más allá de la corrección con momentos de especial acierto como su dúo con Margarita del IV acto. Los escenógrafos no ocultaron su condición femenina para acatar lo establecido por los autores, sino que incluso la resaltaron con el vestuario: zapatos de tacón, faldas y ropa ajustada, incluso en los letreros que traducen el texto se ponían sus frases en femenino, quizá sea una concesión a la cuota de homosexualidad que marca lo políticamente correcto.

Marta, la tía de Margarita, cortejada por el demonio, fue interpretada por María José Suárez que no fue más allá de la corrección

Pablo Ruíz fue un solvente Wagner.

El coro de la Ópera de Oviedo bajo la dirección de Elena Mitrevska tiene un papel importante en esta obra, comenzó con algún desajuste para ir de menos a más pero en el de los soldados, integrado sólo por la voces masculinas, se echó en falta más cantidad de voces, resultando insuficientes para uno de los momentos más conocidos y celebrados de la obra. En la parte final su interpretación de la música religiosa, fuera del escenario, fue el momento más logrado de toda la velada.

Y no me queda otro remedio que referirme a la dirección de escena y escenografía a cargo de Curro Carreres, Italo Grassi y Antonio Perea. ¡Bueno!, el soporífero, por manido, cambio de época, de final de la Edad Media a un momento contemporáneo, la fealdad habitual de la escenografía y del vestuario es lo consabido pero la clamorosa falta de recursos en el momento de la transmutación a la juventud de Fausto, roza lo grotesco  porque parecía más bien la torpeza del teatro aficionado siempre carente de presupuesto. A esta "chapuza" hay que añadir la pobretona noche de Valpurgis que intentaba parodiar un ballet contemporáneo, también de aficionados y que quizá lo fio todo a tratar de "epatar" con el semidestape de alguna de las figurante, cosa que probablemente sólo pudieron apreciar los espectadores de las localidades más cercanas y que a estas alturas a nadie le produce el más mínimo asombro.

Me gustó el final con la apertura de gloría y la salida de todos los muertos glorificados pero no entendí el saludo del ¿ángel? a Mefistófeles y la imposición de la capa blanca al Maligno, ¿Se tratará de una lectura mal asimilada de Papini?

Nada fuera del más absoluto aburrimiento por los lugares comunes repetidos y consabidos hasta la náusea si no hubiera sido por el toque blasfemo del efebo, en la fiesta del segundo acto, que se retuerce, todo hay que decirlo sin ningún arte ni gracia, y que encarna a Baco pero que tocado con las tres Potencias, como el Niño Jesús y coronado de espinas resulta un insulto innecesario y ya reiterativo en exceso a unos espectadores que pagamos nuestra entrada, mantenemos con nuestra fidelidad esta temporada y que llegará un momento que si no pedimos cuentas en serio a los organizadores, Él nos lo demandará a nosotros y a ellos en mayor grado.


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