Lunes, 24 de febrero de 2020

Comentario al Evangelio del Domingo por Monseñor Jesús Sanz

Estrenando un año otra vez

 Estamos de estreno. Nuevo calendario para volver a soñar mientras empezamos de nuevo. Ya sabemos que los cristianos nos adelantamos un poco respecto del comienzo del año civil de cada enero. Pero nos sirve también el dicho popular de “año nuevo, vida nueva”, que quiere expresar algo muy humano: que nuestro corazón no se resigna al fatalismo de lo que acontece; que nuestro corazón tiene derecho a decir ¡basta! a tantas cosas que no van; que nuestro corazón es justo cuando a pesar de todos los pesares tiene la osadía de soñar una vez más. En esa fecha mágica parece que nos indultamos mutuamente en una especie de “amnistía” bonachona: nos perdonamos la tristeza, el cansancio, el sopor y aburrimiento; nos perdonamos los desmanes, los rencores, las mentiras. Así, desde la trinchera de todas nuestras pesadillas nos atrevemos a levantar con timidez la blanca bandera de los sueños en un mundo diferente. Lamentablemente, tan deseada “amnistía” suele durar lo que dura la resaca de unas fiestas, para luego zambullirnos en la opacidad de un cotidiano desilusionado y cansino, que tan rutinariamente siempre termina igual: en desencanto.        

La Vida Nueva que año tras año, e instante tras instante podemos celebrar, se llama Jesucristo. Esto quiere decir que ni la mentira, ni el caos, ni la muerte, tienen la última palabra desde que Alguien tuvo la locura o el atrevimiento de proclamar “Yo soy la Verdad, y el Camino, y la Vida”. Y nosotros creemos en esa Vida Nueva que se ha hecho uno de nosotros, que puso su tienda de encuentro en las contiendas de nuestras insidias. O estaba loco para decir semejantes cosas, o sencillamente era Dios... y Hombre verdadero. El Evangelio de este domingo es una invitación a la vigilancia. Una serie de imperativos tratarán de acercarnos al asombro de esta espera: «Levantaos, alzad la cabeza, tened cuidado, estad despiertos, manteneos en pie» (Lc 21,34-36). Vale la pena escuchar ese grito de nuestro corazón que continuamente nos reclama el milagro de una novedad que no caduque, y reconocer que Alguien, como ningún otro y para siempre jamás, tomó en serio ese grito, abrazó el grito del corazón humano, de mi corazón, pudiendo desde entonces volver a estrenar esperanzas y brindar felicidades.        

El Adviento cristiano siempre es recordar a Aquel que vino ya, es acoger su venida incesantemente presente, y por último es prepararnos al día de su vuelta prometida. Esta es la paradoja de nuestra fe: hacer memoria de quien vino, desde la acogida de quien nunca se ha marchado, para prepararnos a recibir a quien volverá. La paradoja consiste en que el sujeto es la misma persona: Jesucristo. Este es el tiempo que nos prepara a la celebración de la Navidad cristiana. Levantémonos, despertemos. Es posible una novedad que no dependa de las uvas ni del champán, ni de unas fechas pactadas, sino de algo que ha sucedido, de alguien que está entre nosotros. Esta es la enhorabuena que nos permite brindar sin engaño mientras el viento del Adviento nos llena de esperanza nuestro andar.    

 + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm     Arzobispo de Oviedo


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