Domingo, 06 de abril de 2025

Algunas preguntas y respuestas entorno al Catecismo

La divinidad de Jesucristo

 “La vida de Jesús de Nazaret, desde su concepción hasta su Ascensión al Cielo, es toda ella una prueba de su divinidad. Su nacimiento, su estilo de vida, su mensaje, su amor por los que sufren, los milagros que salen de sus manos, su muerte en la Cruz, su resurrección y su marcha al lado del Padre, son pruebas tangibles, tocables, de su divinidad. Podemos fijarnos, con todo, en dos de ellas, destacándolas de las demás: los milagros y la resurrección. El propio Cristo habla de los primeros como prueba del apoyo que Dios da a su causa, a sus pretensiones. Así lo entienden, además, sus amigos y también sus enemigos. De hecho, en la Cruz, el coro de fariseos y sacerdotes que se gozan con su caída, le dicen que si es capaz de bajar de ese púlpito, van a creer en él. Y en cuanto a la resurrección, podemos decir que es la prueba suprema de la divinidad del Señor así como del apoyo de Dios a su causa. La resurrección es el sello de autenticidad que el Todopoderoso pone en la obra de Cristo para que nadie se atreva a dudar de él. No en vano, cuando el apóstol Tomás toca con sus manos dubitativas la carne resucitada de Cristo, cae de rodillas y proclama la manifestación de fe más explícita en la divinidad del Maestro: “Señor mío y Dios mío”. Cristo, que en otras ocasiones ha utilizado respuestas como “tú lo has dicho”, no se anda ahora con rodeos, acepta el testimonio de fe y le contesta abiertamente: “Porque has visto has creído”, para añadir: “dichosos los que crean sin haber visto”.”                                

 “Cristo es Dios. Los apóstoles fueron comprendiéndolo poco a poco y llegaron a la plenitud de ese entendimiento después de la resurrección y en Pentecostés. Pero, ¿y Cristo? ¿lo supo él? Mucho se ha discutido acerca de la conciencia que Jesús tenía de sí mismo. A propósito de esto, el Catecismo dice: “Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar ‘en sabiduría, en estatura y en gracia’ (Lc 2,52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental. Eso correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en ‘la condición de esclavo’” (nº 472). Y más adelante añade: “Pero al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona. ‘La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella misma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios’ (San Máximo el Confesor). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre. El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres” (nº 473). Y: “Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar” (nº 474). No cabe duda de que Jesús supo que Él era Dios, que su Padre era Dios y que existía una tercera persona -desconocida hasta entonces-, el Espíritu Santo, que participaba con ellos en la naturaleza divina. Porque lo supo lo enseñó y porque lo enseñó quedó reflejado en los Evangelios, pues éstos están plagados de testimonios procedentes de Cristo, antes de su resurrección, que confirman la existencia de la conciencia de su divinidad. Por ejemplo, cuando se pierde en el Templo de Jerusalén a los doce años y contesta a su madre que debe ocuparse de las cosas de su Padre, aludiendo abiertamente a alguien que no era el preocupado San José que estaba junto a María. O cuando enseña el Padrenuestro y distingue entre “Padre mío” y “Padre vuestro” (Catecismo, nº 443). O cuando acepta la condena a muerte por por blasfemia a manos del Sanedrín por haberse presentado como alguien igual a Dios. Cristo es Dios, lo sabe y se presenta y actúa como Dios. Esto resulta tan escandaloso para sus contemporáneos que es, de hecho, la causa última de su muerte. Él lo sabe y no lo rehuye. Negar su divinidad es renunciar a los efectos de la misma y, de alguna manera, “matar” la obra de Cristo”.

 

 Preguntas y respuestas seleccionadas por el P. Santiago Martín Para saber más sobre Franciscanos de María pinchar en http://www.frmaria.org/

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