Lunes, 22 de julio de 2024

Comentario al Evangelio del Domingo por Monseñor Jesús Sanz

Saber vivir como hijos que tienen Padre

Los fantasmas no queman, ni seducen, ni transforman. Hay presencias, que aun en la distancia, son capaces de llenar nuestros rincones cotidianos de una extraña pero verdadera alegría, y sacarnos de lo banal y frívolo para regalarnos una existencia luminosa y amable. Estas presencias, incluso cuando material o físicamente están ausentes, nos colman y nos alumbran, nos arden dentro hasta hacernos completamente nuevos... ¿no es éste, acaso, el terruño común de todos los místicos contemplativos y de todos los amantes enamorados? No sabes por qué, las cosas siguen estando en el mismo sitio, y la fatiga del camino no se nos ahorra, pero sin embargo, Alguien o alguien nos habita en los adentros, y nos quema en su estar y en su ausentarse;  la vida nos parece diferente y nos sabe a nuevo hasta lo que nos cansaba y aburría; y un no-sé-qué transforma todos nuestros sopores opacos en estupores de luz. ¡Presencia y ausencia... ardientes!

 

     Aquella vez, Jesús arrancó del discípulo ese deseo: “enséñanos a orar” (Lc 11,1). Es la seducción de los Ojos del Señor que se abrían al sol y al calor del Padre cada mañana. Y como en toda vivencia amorosa, también el Rostro humano de Jesús volvía encendido y asemejado al del Rostro de su Padre: “los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados” (S.Juan de la Cruz. Cántico espiritual,12). La pregunta del admirado discípulo dio lugar a esa maravillosa respuesta de Jesús: “cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre...” (Lc 11,2).

 

     El camino que Jesús propone no es un subterfugio espiritualista ni humanitarista, aunque sí sea una propuesta tremendamente humana y espiritual. Es decir, la oración del Señor es el fiel reflejo de su vida, en la cual Dios y el hombre no aparecen como rivales. Jesús llevará al Padre los gozos y dolores de los hombres, y llevará a éstos el consuelo y la paz que Él mismo escucha en su Padre (Jn 17, 1-26).

 

     Esto se refleja en el Padrenuestro desde la invocación inicial: Padre (Abbá), que tiene ese tono cariñoso y confiado propio de los niños ante sus progenitores. Dos peticiones referidas a este Padre: que su Nombre sea santificado, respetado, tomado en serio, reconocido; y que venga su Reino, su proyecto de amor y gracia sobre la historia y sobre cada persona. Para terminar con tres peticiones más, relacionadas con los que hacen esta oración: pedir el pan de cada día, la paz de cada perdón (tomando como medida no nuestra tolerancia o generosidad, sino la actitud del mismo Dios: tratar a los otros como Dios nos trata, es decir, misericordiosamente), y no caer en la tentación del maligno, sean cuales sean sus señuelos y engañifas.

 

     Toda una plegaria que nos permite vivir como hijos, aunque a veces no seamos buenos hijos, pero jamás seremos huérfanos ante ese Padre que Jesús nos ha enseñado que es Padre nuestro.

 

     + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

     Arzobispo de Oviedo


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