Sabado, 25 de enero de 2020

El verdadero problema

¡Es la demografía, estúpida!

Con el capo d´anno, llega la publicación de los datos demográficos del INE. Cada año son más lúgubres que el anterior. Esta vez hemos roto todos los récords: en el primer semestre de 2019 nacieron menos niños en España (170.074) que en cualquier fecha desde que hay registros; supone un descenso del 6% respecto de la ya raquítica cifra de 2018. Nuestra tasa bruta de natalidad es una de las más bajas del mundo: 7.94 nacimientos por 1.000 habitantes; si computamos solo a las madres españolas, bajaríamos a 7.01. La edad promedio de la primera maternidad ha subido a los 32.2 años, la más alta de la UE. O sea, la vida fértil efectiva de las españolas es de apenas ocho años (a partir de los 40, el embarazo es improbable y arriesgado).

La tasa de fecundidad de las españolas nativas es de 1.20 hijos/mujer (la del total de población residente, de 1.26): un 40% por debajo del reemplazo generacional. Eso significa que cada nueva cohorte será un 40% más reducida que la de sus padres. Y, por tanto, que cuando lleguen a su vez a la edad reproductiva, habrá un 40% menos de mujeres fértiles: aunque el número de hijos por mujer subiera, será cada vez más difícil recuperar población, porque el total de hijos seguirá descendiendo en una inercia fatal. Estamos inmersos en una espiral aritmética de extinción que nos lleva a la insostenibilidad social. El decrecimiento vegetativo del primer semestre de 2019 fue ya de 45.404 personas; proyectando la cifra al total del año, nos resultaría una sangría de 91.000. En 2018, el decrecimiento había sido de 56.262; en 2017, de 30.772: cada año que pasa, se acelera la pérdida de población, y el envejecimiento de esta. En Galicia, Asturias y Castilla-León, mueren más del doble de personas de las que nacen.

La actitud de la sociedad española frente a este colapso anunciado está recorriendo las fases que, según los psicólogos, atraviesan muchos enfermos de cáncer: primero "hasta hace poco- la negación y la ceguera voluntaria. Ahora ya estamos en la etapa de la "negociación", es decir, la búsqueda de excusas. Las más socorridas son "la pobreza", los bajos salarios, la precariedad laboral… Sin embargo, nuestros padres y abuelos tuvieron entre el doble y el triple de vástagos (la fecundidad española rozaba los tres hijos por mujer a mediados de los 60) con unos ingresos reales varias veces inferiores. Los funcionarios, con empleos vitalicios, no tienen más hijos que los trabajadores del sector privado. Y esta tabla de la Fundación Renacimiento Demográfico muestra que los quince municipios españoles con mayor porcentaje de parados tienen una tasa de natalidad más alta "sin dejar de ser raquítica- que los quince con menos paro:

Y los que dicen que faltan medidas de conciliación deberían considerar que, en países como Suiza, con ayudas a la maternidad y flexibilidad laboral para las madres, la natalidad es apenas más alta que en España.

En resumen: la situación demográfica española es dramática. Su primera consecuencia será la insostenibilidad del sistema público de pensiones, más pronto que tarde

Lo cierto es que las causas del suicidio demográfico no son primordialmente socio-económicas, sino culturales y morales. Los ideales de nuestra época son la libertad, el bienestar y el éxito, no la estabilidad familiar y la perpetuación de la especie. Profesamos un individualismo hedonista que nos apremia a "sacarle el máximo jugo a la vida" porque "solo se vive una vez". Los restaurantes, hoteles y vuelos a Europa están llenos; las guarderías, casi vacías.

Sí, una mayoría de españoles todavía incluyen entre sus aspiraciones vitales el tener hijos. Pero no muchos y no demasiado pronto. La paternidad cae muy abajo en la lista de prioridades: por detrás, en todo caso, de la autorrealización profesional, económica y amorosa (la volatilidad familiar "parejas cada vez más efímeras- es una de las razones de la baja natalidad: a menos matrimonios, menos nacimientos; las "parejas de hecho" tienen menos niños que las casadas). En muchos casos, ocurre con la paternidad lo mismo que con la tarea que ocupa el último lugar en la agenda del día: que se queda sin hacer.

En resumen: la situación demográfica española es dramática. Su primera consecuencia será la insostenibilidad del sistema público de pensiones, más pronto que tarde (hemos consumido el Fondo de Reserva de las Pensiones en pocos años); más adelante, la inviabilidad del Estado del Bienestar por exceso de beneficiarios y falta de contribuyentes. Y la inmigración masiva no será la solución: no solo por la inasimilabilidad cultural de una parte de ella, sino por su escasa cualificación laboral y bajos salarios (tasa de paro un 50% superior a la de los españoles nativos), que determina que consuman más servicios públicos de lo que aportan a su sostenimiento. Las pensiones no las salvarán los senegaleses recién llegados en patera.

Y, como vamos hacia el colapso por envejecimiento, el Parlamento español declaró el pasado 17 de septiembre "con el único voto en contra de VOX" la situación de emergencia… ¡climática! Una sociedad queda retratada por sus terrores favoritos. El Occidente postmoderno ha decidido que el hecho de que vaya a haber pronto más jubilados que contribuyentes no es un problema, pero sí que la temperatura del planeta se haya elevado un grado en… un siglo (1,3 grados desde 1900).

La histeria pseudorreligiosa del "cambio climático" agravará nuestra agonía demográfica de dos formas: desviando hacia la calentología la preocupación, inversiones y debate público que deberíamos estar dedicando al envejecimiento de la población, y llevando a cada vez más jóvenes neocátaros a abstenerse de la reproducción para minimizar su "huella de carbono". Como escribió Mark Steyn, "Europa ha decidido actuar preventivamente contra el cambio climático mediante el suicidio como civilización".

No existe ninguna "emergencia climática". Lean este magnífico estudio si quieren saber por qué. La temperatura de la Tierra estaba subiendo desde mediados del siglo XIX "cuando concluyó la "pequeña Edad del Hielo"- a un ritmo muy parecido al actual; sin embargo, nuestras emisiones de CO2 eran nimias entonces. Entre 1900 y 1950 "periodo en el que emitimos solo el 11% del total de CO2 que hemos vertido por nuestra actividad industrial- la temperatura se elevó en 0.5 grados; entre 1950 y 2018 (86% de las emisiones históricas), ha subido en 0.8 grados. De cinco décimas en cinco décadas (1900-1950) a ocho décimas en siete décadas (1950-2019): el ritmo de calentamiento no se acelera apenas, aunque nuestras emisiones hayan subido en flecha. No hay correlación entre el ritmo de calentamiento y el volumen de emisiones. Todo induce a pensar que el calentamiento se debe principalmente a causas naturales (¿actividad solar?, ¿inclinación del eje de la Tierra?): las mismas que hicieron oscilar la temperatura antes de la era industrial o de la aparición del hombre.

¿Saben que los bosques están creciendo gracias al aumento de CO2 en la atmósfera? ¿Que los desiertos están retrocediendo? ¿Las cosechas aumentando?

El IPCC pronosticó en 1990 que la Tierra se iba a calentar a razón de 0,3 grados por década. Sin embargo, el aumento en 1990-2019, según datos del UK MetOffice, ha sido de 0,1 grados por década: un tercio de lo que predecían los modelos. Una y otra vez, el IPCC tiene que revisar a la baja sus previsiones catastrofistas.

En 1989 Noel Brown, director del Programa Ambiental de Naciones Unidas, dijo que si para el año 2000 no revertíamos el calentamiento global, naciones enteras serían borradas de la faz de la tierra por la subida del nivel del mar. La realidad es "informa Rankia.com- que "investigaciones utilizando imágenes desde los años 60 muestran que el 85 % de las islas del Pacífico o bien están creciendo o mantienen su tamaño, y que las pocas que decrecen son algunas de las que tienen un tamaño muy pequeño".

De persistir el ritmo de calentamiento que se viene dando desde 1850 "que, repitamos, no se está acelerando- cabe proyectar un aumento de aproximadamente un grado para 2100, que ni deshelará los casquetes polares "para que el hielo del interior de Groenlandia o de la Antártida se funda, la temperatura tendría que subir decenas de grados- ni hará subir apreciablemente el nivel del mar. El CO2 no es ningún contaminante: es una molécula imprescindible para la vida. Y es responsable de solo un 15% del efecto invernadero (el 75% se debe al vapor de agua). Por cierto, sin efecto invernadero la temperatura de la Tierra sería 30 grados inferior, y la vida probablemente no se habría desarrollado.

Se trata, sí, de la enésima metamorfosis del marxismo. La propia Greta Thunberg, vestal de la nueva religión, ya nos ha revelado que en realidad la "crisis climática" se debe a "los sistemas coloniales, racistas y patriarcales de opresión"

¿Saben que los bosques están creciendo gracias al aumento de CO2 en la atmósfera? ¿Que los desiertos están retrocediendo? ¿Las cosechas aumentando? No, nada de esto encaja en el relato apocalíptico que el marxismo-climatismo ha decidido vendernos. Y cuenta para ello con todos los medios mainstream (la BBC ha prohibido entrevistar a científicos "negacionistas"), los gobiernos y los organismos internacionales.

Pues se trata, sí, de la enésima metamorfosis del marxismo. La propia Greta Thunberg, vestal de la nueva religión, ya nos ha revelado que en realidad la "crisis climática" se debe a "los sistemas coloniales, racistas y patriarcales de opresión". He aquí ya a todas las filiales del marxismo viejo y nuevo "la calentología y la guerra de sexos, el anticapitalismo y la culpabilización de la raza blanca- amalgamadas en un solo cóctel de demonización de Occidente. Greta nunca se manifiesta ante las embajadas de China o la India, los países cuyas emisiones están fuera de control. La única culpable es Europa, precisamente la región del mundo con más controles medioambientales. Y Europa, siempre presta a la penitencia, se rinde a Greta y le ofrece un Green New Deal de 500.000 millones de euros anuales en inversiones. Naturalmente, la apuesta por las renovables implicará un enorme encarecimiento de la energía y un lastre insuperable para una industria ya muy amenazada por la competencia asiática. Imagínense lo que se podría conseguir con una inversión así, si se la dedicara al relanzamiento de la familia y la natalidad (por ejemplo, exención de impuestos para los matrimonios con hijos, al estilo húngaro).



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