Domingo, 20 de mayo de 2018

un analisis infrecuente

La fórmula de la felicidad

En un artículo anterior explicábamos "a la luz del impagable Coming Apart de Charles Murray- cómo había crecido en EE.UU. la distancia entre una clase alta caracterizada por la conservación de la estabilidad familiar (el porcentaje de personas casadas sólo descendió del 94% al 83% entre 1960 y 2010, y un 90% de los niños se siguen criando con su padre y su madre biológicos), el capital social (asociacionismo, compromiso cívico) y la religiosidad, y una clase baja cada vez más deteriorada por la desestructuración familiar, la dependencia asistencial, el declive del capital social (el porcentaje de gente que responde afirmativamente a la pregunta "¿confía usted en sus vecinos?" se hundió dramáticamente entre 1960 y 2010) y la secularización.

El descubrimiento más interesante de esta línea de investigación sociológica "en la que cabe encuadrar, no sólo a Murray, sino también a otros autores como Kay Hymowitz o David Popenoe- es la dependencia recíproca entre esas cuatro dimensiones que los Padres Fundadores de EE.UU. consideraron las "virtudes fundantes" de una sociedad libre: laboriosidad, familia, compromiso comunitario y religiosidad.

Son virtudes que se retroalimentan, que se mantienen o caen juntas. Por ejemplo, cuando se tiene una familia que sostener, aumenta la motivación laboral: es la "prima del matrimonio" (las personas casadas tienen, en promedio, desempeños profesionales más brillantes y mejores salarios).

Cuando se es padre, se incrementan también la cooperación vecinal y la implicación cívica: uno quiere un entorno y una formación adecuada para sus hijos, y por tanto asistirá a reuniones de la asociación de padres del colegio, llevará al niño a clubes deportivos o musicales, se coordinará con los vecinos para solicitar señales que obliguen a los coches a reducir la velocidad?

La religiosidad, por otra parte, resulta ser un vector potenciador de los otros tres: los creyentes-practicantes son más laboriosos, tienen familias más estables y prolíficas, y mayor compromiso cívico. Viceversa, las cuatro "virtudes fundantes" también se deterioran al unísono, arrastrando a la sociedad en una espiral descendente. Es lo que le está ocurriendo a la clase baja norteamericana.

El hundimiento de las virtudes fundantes plantea un problema de sostenibilidad colectiva: una sociedad con cada vez menos estabilidad familiar, industriosidad, capital social y religión se desliza hacia la necrosis. Pero es que también se produce una pérdida de sustancia de la vida individual.

Bentham y los utilitaristas postularon una "aritmética de la felicidad"; y, sí, la felicidad es mensurable indirectamente, a través de las contestaciones de la gente a encuestas en las que se les pide ubicarse en una escala que va de "muy feliz" a "nada feliz", pasando por "bastante feliz".

Cuando se cruzan las preguntas, los resultados son concluyentes. Trabajar ayuda a ser feliz; estar casado ayuda a ser feliz (un 40% de los casados se declaran "muy felices"; entre los separados, el porcentaje es del 16%; en los "nunca casados", del 9%, según las cifras de Murray). Hay también una correlación positiva entre el compromiso comunitario y la felicidad. Y la hay, aplastante, entre felicidad y religión: el porcentaje de "muy felices" es del 49% entre los que van a la iglesia diariamente, 41% entre los que van semanalmente, 30% entre los que van varias veces al año, 23% entre los que no van nunca.

Murray nos ofrece nada menos que la receta del florecimiento humano: si usted tiene un empleo relativamente satisfactorio, está casado (la cohabitación no sirve: el índice de felicidad self-reported en las parejas de hecho es muy inferior), participa en iniciativas vecinales o filantrópicas y practica la religión, su probabilidad de declararse "muy feliz" es estadísticamente muy alta.

Cuando se le informa sobre el deterioro de la clase baja estadounidense, la reacción típica del europeo es culpar al "capitalismo salvaje" y pedir más redistribución estatal. Sin embargo, Murray sospecha que la crisis se debe, al menos en parte, a todo lo contrario: a un exceso de intervención del gobierno (Estado del Bienestar) que conduce a la desresponsabilización de las personas.

En su opinión, el trabajo, la familia, el compromiso comunitario y la pertenencia religiosa (que supone esfuerzo y riesgo, en la medida en que la fe implica obligaciones morales exigentes y la creencia en la posibilidad de condenación eterna) contribuyen a la felicidad porque son objetivos valiosos y arduos. Es feliz el sujeto que al final de su vida puede decir: "hice bien mi trabajo, construí una familia, serví a mi comunidad, mantuve la fe"; las cuatro cosas son difíciles, en las cuatro hay posibilidad de fracaso. Son bienes que no van de suyo: es preciso luchar por ellos. El éxito en esos cuatro desafíos garantizaría al sujeto la experiencia de sentido realizado, de deber cumplido, de victoria existencial a la que llamamos "felicidad".

No hay felicidad sin responsabilidad. Me siento satisfecho cuando sale bien algo valioso que dependía de mi esfuerzo, algo que sin mis desvelos hubiera ido mal. Sin embargo, la mentalidad socialdemócrata implica la externalización de la responsabilidad: si fracaso, no es porque no haya hecho las cosas bien, sino porque padezco una "injusticia estructural" o pertenezco a tal o cual colectivo de víctimas profesionales. Si abandono a mi familia, los servicios sociales cuidarán de ella. Si pierdo mi empleo, el Estado asistencial me sostendrá con subsidios. Ya no hay riesgo ni dramatismo. Tampoco hay la legítima satisfacción que acompaña a quien consigue alcanzar la meta sin haber caído en el abismo. El abismo ha desaparecido, y nuestra acrobacia vital se desarrolla bajo la protección de redes de seguridad. Ya no conoceremos la verdadera emoción del trapecista.

"Donde está el peligro, crece también la salvación", escribió Hölderlin. El Estado socialdemócrata nos promete la perfecta "seguridad social": una vida sin peligros. Pero también sin felicidad ni salvación.


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