Martes, 31 de marzo de 2020

Soldados de plomo

Cuando yo era niño, y de eso hace ya muchos años, uno de los juguetes más apetecidos y cuyo uso era muy extendido, eran los llamados soldaditos de plomo. Se trataba de figuras muy pequeñas, de ahí el diminutivo, que reproducían los distintos modelos de los soldados que entonces nutrían los diversos ejércitos, tanto actuales y nacionales como antiguos y de otros países, luciendo con detalle sus variopintos uniformes. Para manejarlos, no existía ninguna regla de juego determinada. Su manejo, simplemente estaba sujeto a la mayor o menor creatividad de los afortunados propietarios de tan apetecido y apreciado juguete y así, cada uno podía inventarse desde asaltos a fuertes, batallas a campo abierto, guerrillas, hasta emboscadas, rendiciones, tratados de paz, etc., etc. Naturalmente, la sangre nunca llegaba al río pero la diversión estaba garantizada y tras las incruentas batallas, los soldaditos eran recogidos en sus cajas-estuches con variado esmero o curiosidad, según la disposición de cada propietario, dueño absoluto, también conviene resaltarlo, de las supuestas voluntades de las tropas en cuestión.


Pero por muy en serio que tomásemos entonces nuestras batallas y demás aventuras, aquello no dejaba de ser un juego de niños sin más transcendencia, en el que era muy reconfortante lo antedicho o sea, sentirse el dueño y señor de cuerpos y voluntades (de plomo) de aquellas aguerridas huestes.


Y ahora nos preguntamos: si esto era tan agradable y divertido ¿qué no sería, por ejemplo el tener a nuestra disposición personas de carne y hueso a quienes manejar y distribuir a nuestro antojo, poniendo y quitando según nuestro parecer, nuestras preferencias o nuestro humor en cada ocasión, sobre todo si ellos, personas reales, tuvieran la facultad de corresponder en su momento a nuestros caprichos y favores?


Pues dadas las actuales circunstancias por las que atraviesa nuestra España, esta posibilidad se hace real y palpable y no son precisamente los soldados a los que les ha llegado actualmente la oportunidad de hacerse de plomo (ya les llegará) sino que les ha tocado nada más y nada menos que a los  ministros que creo, en número de veintidós, van a ser manejados hoy día como antaño se manejaba a los citados soldaditos.


Que España se está convirtiendo en un juguete es algo que si no nos hubiese tocado vivir y presenciar con pasmo ascendente, nos resultaría imposible de creer pero desgraciadamente, y lejos de toda broma, esta parece ser la triste realidad, tema éste que alguien trató no hace mucho en estas mismas páginas.

Y es que desde que las riendas del gobierno de nuestra nación han caído en las manos que han caído, la incongruencia, el disparate y la insensatez han sido protagonistas en un proceso que no persigue más que un interés tan ligado y cercano a lo personal, como lejano del deber de buscar lo mejor, lo  más positivo, justo y noble para  todos los gobernados.


Solamente pensar en el incremento de gastos que acarreará esta exagerada multiplicación de altos cargos con su consiguiente cohorte de colaboradores, resulta escandaloso a la vista de tantas necesidades inmediatas carentes de atención y por tanto, de presupuesto.


Produce estupor también, la cantidad de ministerios creados con títulos de lo más rebuscado y hasta ridículo, ya que no cabe duda de que entre tan múltiples y variadas actividades van a producirse cruces, entrecruces, superposiciones y choques de competencias, que no harán más que certificar la falta de capacidad de tanto elegido para desarrollar unas labores que, con toda seguridad podrían ser ejercidas por la mitad de personas realmente competentes y con una preparación acorde y digna de cargos de tan gran responsabilidad.


Para terminar estas reflexiones de un ciudadano de a pie, me queda expresar la sorpresa que me produce personalmente y supongo que a muchos como a mí, la naturalidad con que algunos de los elegidos, se  cree merecedor y acepta el cargo, imaginándose absolutamente capacitado para ejercerlo con total eficacia y solvencia sin pararse a pensar, quizá ya lo saben, que esa creencia es fruto exclusivo de su vanidad y que esa vanidad va a ser utilizada como mera moneda de cambio, repito una vez más, de una interesada y elaborada operación de  permanencia en el poder que hoy se antepone a cualquier decisión encaminada a conseguir el bien común.



Manuel Alonso Trevicortov


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