Lunes, 24 de septiembre de 2018

Ingenieria social

Jordan Peterson y la batalla de los pronombres

Cuando leí hace unos diez años la novela La última escapada, de Michael D. O?Brien, escrita en los 90 (ya sólo puede encontrarse el original inglés: Plague Journal), me pareció una distopía un tanto inverosímil: en un Canadá gobernado por ideólogos de género totalitarios, un padre tiene que huir al bosque con sus hijos cuando el Estado quiere quitarle la patria potestad por oponerse a que se les impartan clases de educación sexual aberrante. Pero no contaba con Justin Trudeau, que parece empeñado en que su país confirme las predicciones más alarmistas de los escritores conservadores. Canadá es actualmente la vanguardia mundial de la nueva izquierda entregada a la identity politics, en inquietante pendiente hacia un totalitarismo indoloro.

"Pero donde abunda el peligro, crece también la salvación": en Canadá ha surgido un pequeño ejército de francotiradores intelectuales que, asumiendo el riesgo de muerte civil (casi todos han tenido problemas con el gobierno o los tribunales), mantienen enhiesta la bandera de la resistencia. Y lo interesante es que tienen audiencias millonarias. Algunas (uso el femenino porque son chicas, no porque ahora hable como Irene Montero) son muy jóvenes, como Lauren Southern, Lindsay Shepherd o Brittany Pettibone; otros son viejos guerreros, pesos pesados como Mark Steyn o el propio O?Brien.

Sin embargo, la estrella emergente es sin duda Jordan Peterson, todavía profesor de Psicología en la Universidad de Toronto. Algunos le llaman el "intelectual público más influyente del mundo" (habría que precisar "del mundo anglosajón", pero es sabido que los anglos lo consideran innecesario). Su 12 Rules for Life es número 1 de ventas por Amazon en Gran Bretaña, EE.UU., Canadá y Australia. Sus lectores son en un 80% varones blancos: los demonizados del marxismo cultural (como es sabido, oprimen desde hace milenios a las mujeres, homosexuales y gente de color). Ocurrió ya algo parecido con el éxito de Trump.

Peterson había alcanzado ya notoriedad colgando sus clases y conferencias en YouTube. Se convirtió en una referencia, sin embargo, cuando, en 2016, se negó públicamente a usar los nuevos pronombres ("ze", "zir", "they") impuestos por la ley para uso de las personas que no se reconocen en los pronombres masculino y femenino ("he", "she"). Peterson es un liberal clásico que conoce bien la historia de los sistemas totalitarios y sabe que la batalla lingüística es decisiva: si aceptas su jerga, estás aceptando también sus categorías, su mapa de la realidad. La neolengua irá formateando las mentes de los hablantes en la dirección deseada por los ideólogos: es lo que ocurría en el 1984 imaginario de George Orwell y en el Tercer Reich trágicamente real de Victor Klemperer (que analizó la neolengua nazi en su obra Lingua Tertii Imperii).

Como siempre, los ingenieros sociales usan como excusa a un colectivo supuestamente vulnerable: los llamados "transexuales", o bien las personas que "no se sienten cómodas" con la clasificación sexual binaria (establecida por la naturaleza hace cientos de millones de años: los sexos masculino y femenino son muy anteriores a la aparición de la especie humana; antes que hombres y mujeres, hubo dinosaurios macho y hembra). Se dice que el respeto a tales personas requiere que las tratemos con los pronombres que ellas elijan. Pero el uso de los neopronombres cuela de rondón todo un trasfondo ideológico: implica aceptar que, en efecto, la humanidad no viene de fábrica dividida en dos sexos, sino que existe todo un espectro de posibilidades, y que el sujeto es libre para ubicarse en cualquier punto del mismo, y ser aludido gramaticalmente en consecuencia. Hay personas que exigen ser llamadas "they" ["ellos"], no porque "su nombre sea legión", sino porque se consideran "de género fluido": según con qué pie se levanten, se sienten más o menos hombre o mujer, y se mueven creativamente por el espectro.

Y el Estado pone su poder coactivo al servicio de esta ingeniería verbal-conceptual-social: la tristemente famosa Bill C-16 canadiense incluye a los "transexuales" y todo tipo de minorías sexuales entre los grupos vulnerables protegidos, y la negativa a usar los pronombres de su elección es considerada "discurso de odio" y "discriminación". Por eso Peterson anda en batallas legales con los tribunales y autoridades universitarias canadienses, de la misma forma que Mark Steyn fue procesado en su momento por "islamofobia".

Peterson explica que es totalitario reformar la lengua por decreto para acomodar a una ínfima minoría con problemas de identidad sexual. No se les "falta al respeto" usando con ellos los pronombres depositados por milenios de historia. Al contrario, ellos faltan al respeto a la sociedad cuando le exigen que se sume a su peculiar fantasía. Cuando los niños juegan, tienen que negociar los roles respectivos. Un niño que obliga bajo amenazas a los demás a que le reconozcan un rol ""¡hoy haré yo de Spiderman, y no hay más que hablar!"- no está correctamente socializado. En fin, que es un matón.

Mientras Peterson, Steyn y otros caballeros andantes se dejan la piel por la libertad de todos, la mayoría social mira a otro lado y piensa que no es para tanto. ¿Qué problema hay en que alguien exija ser designado con pronombres estrafalarios? ¡Allá cada cual con sus delirios! Pero sí es relevante. Significa que el Estado impone la autopercepción subjetiva "por alucinada que puede ser- como realidad objetiva al conjunto de la sociedad. El gobierno nos asesta una gramática y una antropología. La siguiente frontera son los "other kins", las identidades no humanas: si me percibo como pájaro, el Estado canadiense, en lugar de llevarme a un psiquiátrico, exigirá a todos los ciudadanos que me den alpiste. ¿De risa? Como dice Mark Steyn en esta jugosa entrevista con Peterson, "los que importan en nuestra sociedad no se toman esto a broma".


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