Domingo, 24 de enero de 2021

sobre la energia

Shellenberger, el ecologista racional

Michael Shellenberger es uno de los principales referentes del ecologismo norteamericano. En la década de 2000 fue uno de los fundadores del Proyecto Nuevo Apolo, el Green New Deal de la época: una coalición de legisladores Demócratas con organizaciones sindicales y medioambientales para impulsar una gigantesca inversión en coches eléctricos, ahorro energético y energías renovables. El proyecto fue asumido por Obama: 150.000 millones de dólares gastados entre 2009 y 2015 en "transición ecológica".

Hace falta mucho amor a la verdad para publicar un best seller anunciando que se ha cambiado de opinión respecto a la causa a la que uno ha dedicado la vida. Es lo que ha hecho Shellenberger en Apocalypse Never. No es sólo que la apuesta precipitada por las energías renovables haya resultado antieconómica y hasta contraproducente en lo ambiental; es que, además, el ecologismo radical se ha convertido en una pseudorreligión milenarista que predica el apocalipsis (sumiendo a toda una generación de jóvenes en la angustia: un 20% de los niños británicos tienen pesadillas sobre el "cambio climático"), odia el crecimiento económico y demográfico, y se muestra incapaz de un análisis racional coste/beneficio de los principales desafíos ambientales. Cuando Shellenberger vio a los activistas de Extinction Rebellion aterrorizando a niños en charlas en las escuelas y a Alexandria Ocasio-Cortez proclamando que "el mundo se va a acabar de aquí a doce años si no hacemos algo para arreglar el cambio climático", decidió que había llegado la hora de hablar.

No, el "cambio climático" -¿por qué ya no se habla de "calentamiento global"?, ¿quizás porque el calentamiento es mensurable/falsable y el "cambio" no?- no será el fin del mundo, explica Shellenberger. El escenario intermedio del IPCC prevé una subida de temperaturas de entre 2?5 y 3 grados "respecto a la era preindustrial: o sea, entre 1?5 y 2 respecto a la actual- para… ¡el año 2100! Implicaría una subida del nivel del mar de 0?66 metros (unas dos baldosas de la solería que probablemente pisa el lector) por fusión parcial de casquetes polares. Sí, adaptarse a esa circunstancia requerirá gasto "construcción de diques, elevación o retracción tierra adentro de infraestructuras costeras- pero de ningún modo será el apocalipsis. Disponemos de casi un siglo para irnos preparando. Holanda tiene un tercio de su territorio bajo el nivel del mar, y eso no le ha impedido ser uno de los países más ricos del mundo. Si los holandeses del siglo XVII tuvieron ya la tecnología para prosperar detrás de diques, ¿no la tendrán nuestros descendientes del siglo XXII, en un mundo inimaginablemente más rico y avanzado?

No es cierto que el "cambio climático" implique más catástrofes naturales (huracanes, inundaciones, etc.). Hay las mismas que siempre: el número de muertes en catástrofes ha sido de unas 400.000 en la década de 2010; en la de 1920, con una población mundial mucho menor, fue de 5?4 millones.

No es cierto que el "cambio climático" vaya a implicar la ruina de las cosechas, y por tanto el hambre. La lenta subida de temperaturas no impedirá, según estimaciones de la FAO, que la producción agrícola mundial se incremente en un 30% para 2050 (salvo si se adoptan "prácticas agrícolas sostenibles", en cuyo caso el incremento será de sólo el 20%). Pues el volumen de la producción agrícola no depende tanto del clima como de la disponibilidad de tractores, fertilizantes y sistemas de irrigación. Y un calentamiento de dos grados puede volver cultivables enormes extensiones de Siberia o Canadá.

No es cierto que "el planeta se esté desertizando" o que esté perdiendo "sus pulmones". Entre 1995 y 2015, Europa ganó una superficie de bosque equivalente a la extensión acumulada de Holanda, Suiza y Dinamarca. Es cierto que se desbroza selva tropical, pero la superficie destruida decreció en un 25% entre 1998 y 2015. En conjunto, el planeta es más verde ahora que hace unas décadas, y no es ajeno a ello el aumento de CO2, que, aunque plantee otros problemas, tiene un efecto fertilizante (por eso se inyecta CO2 en los invernaderos).

El ecologismo radical es pensamiento mágico informado por varios prejuicios irracionales. Uno de ellos es el que lleva a preferir "lo natural" (por ejemplo, la energía solar y eólica o la pesca en mar abierto) a "lo artificial" (por ejemplo, los plásticos, la energía nuclear o las piscifactorías). En realidad, la invención de los plásticos ha salvado porciones enormes de naturaleza: objetos que ahora son de plástico antes se fabricaban con marfil, caparazón de tortuga, pieles de animales, corales, madera, hueso… Lo que salvó a las ballenas no fueron las acciones de Greenpeace sino, primero, el aprovechamiento industrial del petróleo a partir de mediados del siglo XIX, que permitió el abandono del aceite de los cetáceos como combustible (en 1861, una caricatura de Vanity Fair mostraba a unas ballenas vestidas de frac celebrando el descubrimiento de pozos de petróleo en Pensilvania), y después, el desarrollo de la química, que permitió la fabricación de jabón y margarina a partir de materiales distintos de la grasa de ballena (por ejemplo, el aceite de palma). "Lo que salvó a las ballenas fue que dejaron de ser necesarias". "Salvamos la naturaleza no consumiéndola, y evitamos consumirla cuando descubrimos productos artificiales sustitutivos".

El plástico ha salvado a especies, ha salvado bosques. Respecto a la contaminación por plásticos "especialmente, la de los mares- se omite siempre que el problema viene de los países extraoccidentales que aún no emplean procedimientos adecuados para su tratamiento: sólo cuatro países asiáticos -China, Indonesia, Filipinas y Vietnam- son actualmente responsables de la mitad de la contaminación mundial por plásticos. En Europa, el plástico es adecuadamente incinerado (39%), guardado en vertederos (31%) o reciclado (30%).

Ahora bien, para poder desarrollarse económicamente y empezar a reciclar, los países pobres necesitan energía barata y abundante: justo lo que los talibanes de la "emergencia climática" no están dispuestos a concederles. Si países como el Congo tuviesen más pantanos hidroeléctricos, plantas de gas natural y/o centrales nucleares, dejarían de devastar la selva para obtener combustible; además del bosque tropical, se salvarían especies como los gorilas de montaña.

Sí, la madera fue el primer combustible de la humanidad, y todavía es importante en los países más pobres. El progreso energético ha hecho posible el desarrollo económico, sacando a miles de millones de personas de la miseria. Hay una constante: se avanza hacia combustibles cada vez más densos (es decir, se requiere una masa cada vez menor para producir la misma cantidad de energía): el carbón era más denso que la madera, e hizo posible la revolución industrial; el petróleo lo es más que el carbón, y el gas natural más que el petróleo. Y el más denso de todos con astronómica diferencia "por tanto, la culminación hasta ahora del progreso energético de la humanidad- es el uranio. Sin embargo, el ecologismo irracional, en lugar de apostar por la nuclear, pretende una involución hacia fuentes de energía mucho menos densas, el sol y el viento; algo así como volver a la casilla de salida. Nunca se hubiera podido hacer la revolución industrial con turbinas eólicas y placas fotovoltaicas. No habrían bastado.

 Ni bastarán ahora. La parte más interesante de Apocalypse Never es la denuncia del tremendo error que está cometiendo parte de Occidente al marginar la energía nuclear y fiarlo todo a las renovables (incluida, por supuesto, España y la Ley de Cambio Climático de este Gobierno). El caso más ilustrativo es Alemania: el país está embarcado en una Energiewende que incluye el abandono progresivo de la energía atómica y la inversión de nada menos que 580.000 millones de euros (hasta 2025) en plantas solares y turbinas eólicas. ¿Resultado? El precio de la electricidad se ha incrementado en un 50% en una década, superando en un 45% al promedio europeo (casi dobla al de Francia, país nuclearizado). Y, pese a la enorme inversión, Alemania sólo ha conseguido producir un 34% de su electricidad con energía "verde" (solar y eólica; 42% si sumamos la biomasa). En 2019, por tres veces, Alemania tuvo problemas de suministro, y se vio obligada a importar a toda prisa electricidad de otros países. Como las renovables no dan la talla, se han tenido que volver a abrir… centrales de carbón, el más contaminante y emisor de CO2 de los combustibles. En lugar de la "energía limpia" del siglo XXI, retorno a los hollines del XIX. Lo cual explica el nivel sorprendentemente alto de las emisiones alemanas de CO2, diez veces superiores a las de Francia (que produce el 70% de su electricidad con reactores nucleares).

La fascinación por las renovables está relacionada con el prejuicio irracional que nos atrae hacia "lo natural" y "lo limpio". Sin embargo, las renovables tienen varias carencias estructurales que no parecen subsanables por el progreso tecnológico previsible. Una es la intermitencia y la inalmacenabilidad: sólo funcionan cuando brilla el sol o sopla el viento, y no hay forma de almacenarlas, por más que se haya desarrollado la tecnología de baterías. Uno de los centros de almacenamiento más grandes del mundo es el de Escondido (California): sólo puede almacenar energía para 24.000 hogares y cuatro horas. Para almacenar la energía consumida en cuatro horas por todo EE.UU., harían falta 15.900 centros de almacenamiento como el de Escondido, a un coste de 894.000 millones de dólares.

El otro defecto insoluble de las renovables es su baja densidad energética: es preciso cubrir enormes extensiones de terreno con placas solares o turbinas eólicas para producir la misma cantidad de energía que produce una pequeña central nuclear o planta de gas natural. Todo ello supone dispersión geográfica y nuevas inversiones en líneas de transmisión para conducir la energía a la red (Alemania necesitará construir 7.700 kms. de líneas, de las cuales en 2019 sólo había terminado el 8%).

Así como las renovables tienen una imagen positiva por su apariencia "natural", la energía nuclear la tiene siniestra por su asociabilidad con las armas atómicas y el accidente de Chernobil. Shellenberger está convencido de que se trata de un prejuicio irracional: en realidad, la energía atómica es la más limpia y segura. Chernobil ha sido el único accidente nuclear letal de la historia, y se debió más a la incompetencia comunista que a la peligrosidad atómica. Aún así, "sólo" murieron 47 bomberos activos en la extinción del incendio (28 en los primeros meses, 19 en los siguientes 25 años), a los que habría que añadir, según concluyó un exhaustivo estudio de la ONU en 2017, unos 5.000 casos de cáncer de tiroides en regiones adyacentes de Ucrania y Bielorrusia (el cáncer de tiroides tiene una letalidad de sólo el 1%). En Fukushima y Three Miles Island no se produjo una sola víctima por radiación (la meseta de Colorado emite más radiación de forma natural "por la alta concentración de granito- que la zona de Fukushima tras el accidente). En realidad, se calcula que, desde su entrada en funcionamiento, la energía nuclear ha salvado la vida de unos dos millones de personas (que habrían perecido de enfermedades pulmonares asociadas a la quema de combustibles fósiles sustituidos por ella, especialmente el carbón).

En cuanto a los muy escasos residuos dejados por la energía nuclear (la producción de toda la energía que consumirá una persona durante su vida en un país rico genera residuos del tamaño de una lata de refresco), su almacenamiento seguro está resuelto con la tecnología del dry cask storage. Todas las demás fuentes de energía expulsan sus residuos "más abundantes- al entorno. Esto incluye a las muy "naturales" renovables: las placas solares contienen plomo, cadmio y otros metales pesados, y su vida útil es de unos 25 años. Sólo Europa posee un programa de reciclaje de placas caducas. Según el United Nations Environment Programme, entre el 60% y el 90% de la "basura solar" estaría siendo simplemente exportada a países pobres que carecen de la tecnología para desmontarla con seguridad.

Shellenberger representa el ecologismo racional, en franca minoría frente al pseudorreligioso, una soteriología en la que la naturaleza (que, recuerda el autor, no es armónica ni estática, sino cruel y en constante reajuste), ofendida por el desarrollismo prometeico del hombre, ocupa el lugar de Dios, y los ecologistas, el de los santos que llaman a Occidente a la expiación de sus culpas; la recompensa, un paraíso de molinos de viento en el que no sólo habrán desaparecido las emisiones de CO2, sino también el paro y la pobreza (lean la Exposición de Motivos de la Ley de Cambio Climático y comprobarán que el Imperio Renovable, en lugar de encarecer la energía y dar la puntilla a la economía española, nos va a traer cientos de miles de empleos). Desde que dejaron de creer en Dios, los modernos creen en cosas muy raras, y a la postre muy nocivas.



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